Doctor en Ciencias de la Información. Profesor Titular en UNQui y UBA..
Co-fundador de la Maestría en Industrias Culturales (UNQui)

La producción cultural es uno de los rasgos distintivos de los seres humanos. La capacidad de abstraer e interpretar el mundo que habitamos para posteriormente representarlo es una cualidad que, hasta donde sabemos, no tienen otros seres vivos. La producción cultural demanda tiempo y conocimientos. Desde sus inicios requirió de una economía que permitiera a los artistas disponer del tiempo necesario para plasmar sus ideas.

Durante miles de años la creación cultural dependió de subsidios cruzados. Una parte de la renta obtenida en otras esferas económicas se derivaba para el sostenimiento de los artistas. Mediante donaciones de ricos o pobres a la iglesia, los mecenas, o las contribuciones populares al arte callejero (juglares), la producción cultural mantuvo una economía de subsistencia. El panorama no pareció cambiar demasiado con la llegada del capitalismo. Durante sus primeros siglos la cultura permaneció ajena a la mercantilización, aunque la popularización del uso de la imprenta conseguía por primera vez reproducir mecánicamente las creaciones simbólicas. Hubo que esperar a que a fines del siglo XIX se consolidara el sistema de derechos de autor a nivel internacional para que se generara la escasez artificial de los bienes simbólicos necesaria para producir un mercado e introducir una lógica capitalista de la producción cultural. Nunca está de más recordar que los bienes simbólicos no se destruyen en el acto de consumo, y por lo tanto pertenecen a lo que se conoce como bienes comunes. El derecho de autor introduce un monopolio temporal y artificial de las ideas.

Ya en el siglo XX la mercantilización de la cultura masificó el acceso y el consumo cultural no cesó de crecer desde entonces. Las nuevas formas de reproducción mecánica de bienes simbólicos como el cine, la radio, la música grabada y la televisión se adaptaron desde su nacimiento a la lógica capitalista de producción cultural.

Durante todo el siglo XX las industrias culturales estuvieron en la cima de su poder, influencia e interés público, a partir de esfuerzos concertados de empresas y gobiernos. El término industria cultural, acuñado por los filósofos Adorno y Horkheimer, fue despojado de su inicial contenido pesimista y se transformó en el lugar al que los y las creadoras culturales que buscaran públicos masivos querían llegar.

El éxito de las industrias culturales no eliminó la especificidad económica de la producción cultural que genera incertidumbre y una altísima aleatoriedad de realización del capital invertido en su producción. Por tal motivo, su expansión económica coincidió con el desarrollo por parte de los estados nacionales de políticas culturales que tuvieron el objetivo de fomentar el acceso de las clases populares, contribuir a mantener un sistema cultural sustentable y promover la diversidad de la producción. Sin embargo, desde fines del siglo XX, comenzó a cobrar impulso una corriente que puso en discusión el concepto de industrias culturales y en cierta medida promovió su reemplazo por el de industrias creativas. A partir de la influencia de políticas económicas neoliberales, el sector cultural fue incorporado a una era de regeneración económica y creación de empleos, que incluyó un creciente énfasis en la figura del emprendedor. Oakley señala que existe una creciente tendencia en las economías modernas hacia el emprendedurismo forzado, donde las personas son compelidas a tomar proyectos de negocios riesgosos: las industrias culturales son un particularmente notable sitio para esta compulsión.

La creatividad fue presentada como la llave para la generación del conocimiento y la innovación. Las ciudades debían ser creativas y estimular su desarrollo, basadas en la teoría del desarrollo endógeno schumpeteriano. La idea de industrias creativas se expandió desde Gran Bretaña hacia el resto del mundo. Según sus impulsores, contribuyen a potenciar la riqueza y la creación de empleo mediante la explotación de la propiedad intelectual. Su alcance es amplio e incluye a la publicidad, el cine, la arquitectura, el arte, el diseño, la moda, el software, la música, la televisión y la radio, entre otras.

Hesdmondhalgh sin embargo critica que los desarrollos concernientes a la creatividad y las industrias creativas, a menudo construidas sobre nociones conflictivas o imprecisas de creatividad, han generado importantes preguntas sobre cómo vemos la cultura en relación a la economía y la sociedad, y a cómo entendemos las relaciones entre creatividad y comercio. En términos generales se ha pavimentado el camino para una considerable expansión de las actividades comerciales basadas en producir símbolos, incluyendo la potencial transformación del significado de hacer símbolos en las sociedades modernas.

La consolidación del concepto de industrias creativas acompañó el proceso de digitalización y convergencia de las industrias simbólicas con el mundo de las telecomunicaciones e Internet, dando paso a un nuevo modelo económico. Como indica Srnicek, se está volviendo un modelo hegemónico: las ciudades tienen que volverse inteligentes, los trabajadores tienen que ser flexibles, y los gobiernos deben ser austeros y capaces. Procura constituirse en un faro que guía un contexto económico que de otro modo se apreciaría bastante estancado.

La economía digital refiere a los negocios que dependen cada vez más de la tecnología de información, datos e Internet para sus modelos de negocios. A partir de la idea de innovación atraviesa las industrias culturales tradicionales. Los optimistas digitales han cambiado su atención desde la comunicación y la cultura hacia otros futuros: robots, impresoras 3D, bitcoins, y el internet de las cosas (Hesmondhalgh). El lugar central de la economía digital ha sido ocupado, no obstante, por un actor principal: las plataformas de Internet.

En su aspecto positivo, la digitalización, Internet y la telefonía móvil ha multiplicado la forma en la que las audiencias acceden a los contenidos, y han facilitado la producción de pequeña escala. Otras perspectivas advierten como la interactividad en la web constituye una forma de trabajo gratuito o no pago, lo que lleva a pensar que los usuarios no están siendo empoderados por las redes digitales. Para Srnicek en el siglo XXI el capitalismo avanzado se centra en la extracción y uso de un tipo particular de materia prima: los datos. La tecnología necesaria para convertir actividades simpes en datos grabados se volvió más barata y lo realmente innovador es la cantidad de datos que se podían utilizar.

Este breve acercamiento a la historia de la producción cultural y su conceptualización, procura contribuir a una mayor reflexión sobre aspectos claves de nuestro tiempo. Como advierte Tim Wu: “Si deseamos un futuro que evite la esclavitud, primero tenemos que reconocer que nuestra atención es valiosa y decidir no desprendernos de ella a un coste tan bajo o de una manera tan irreflexiva como tantas veces hemos hecho. Y luego deberemos actuar, tanto a nivel individual como colectivo, para volver a ser dueños de nuestra atención y recuperar así, la titularidad de la mismísima experiencia de vivir.”