Doctor en Ciencias Sociales
Investigador y docente de la Licenciatura en Comunicación, IDH-UNGS

La presencia de las plataformas mediáticas en la vida cotidiana es cada vez más ostensible. Son utilizadas con fines educativos, comerciales, laborales, afectivos, de entretenimiento —entre muchos otros— y tienen fuertes implicancias materiales y simbólicas.

¿Qué son estas plataformas? ¿Cómo conceptualizarlas y entenderlas? Rápida y recurrentemente aparecen los discursos apocalípticos e integrados. ¿Son prodigios técnicos tremendamente eficientes y absolutamente personalizados que nos solucionan la vida? ¿Son máquinas infernales que tienen por único propósito extraer nuestros datos, nuestro tiempo y nuestro dinero? ¿Son instrumentos de manipulación ideológica, multiplicadores de fake news y de discursos de odio? ¿O son espacios de interacción en los cuales se tramita una parte relevante de la vida cotidiana? Viejos y nuevos enfoques permiten pensar la cuestión. Lo que el gran Jesús Martín Barbero afirmaba sobre los medios de comunicación hace un cuarto de siglo sigue siendo perfectamente válido para el caso de las plataformas: “no son un puro fenómeno comercial, no son un puro fenómeno de manipulación ideológica, son un fenómeno cultural a través del cual la gente, mucha gente, cada vez más gente, vive la constitución del sentido de su vida” (1995:183).

Más recientemente, José Van Dijck señaló en La cultura de la conectividad que las distintas plataformas (Facebook, YouTube, Twitter, etc.) operan en sistema, es decir, que tejen vínculos entre sí dando lugar a un espacio de interacción en el que los usuarios entramos y salimos, tendiendo a hibridar prácticas “virtuales” y “presenciales”. Para la autora, vivimos en un ecosistema de medios conectivos “capaz de influir en la cultura y ser influida por ella” (2016: 76). El problema de los discursos aludidos anteriormente es que tienden a descomplejizar todas estas cuestiones, incluso cuando se presentan como “críticos”. Aunque libros como el de Nick Srnicek (Capitalismo de plataformas, 2018) son útiles para entender una dimensión del fenómeno, la explotación capitalista es insuficiente para explicar por qué millones de personas viven en plataformas.

José Luis Fernández viene estimulando la discusión, especialmente en sus últimos dos libros (Plataformas mediáticas de 2018 y Vidas mediáticas de 2021), afirmando cuestiones como que “buena parte de la vida social y cultural sería incomprensible sin la presencia y las prácticas sociales dentro de estas plataformas” (2018: 168) o que “el reconocimiento acerca de la complejidad de los sistemas de intercambio es una de las fronteras clave para evitar el permanente avance del sentido común sobre las investigaciones sobre la mediatización” (2021: 51). Comprender las plataformas es complejo porque allí se llevan a cabo muchas y diversas prácticas, algunas nuevas y otras no tanto. Es cierto que el capital principal de una plataforma es una amplia base de usuarios, pero no habría usuarios si estos servicios no permitieran discurrir un conjunto de prácticas, si no fueran una solución a ciertas necesidades y —en definitiva— si no fueran un espacio más en el que se resuelven (o no) los asuntos humanos.

De lo cual se desprende que, además de la cuestión comercial, lo que está en juego es la producción y circulación de sentido en sociedades como la nuestra. Una vez más, hay que pensar en la clave que María Cristina Mata marcaba a fin de siglo pasado: estamos ante “la necesidad de reconocer que es el proceso colectivo de producción de significados a través del cual un orden social se comprende, se comunica, se reproduce y se transforma, el que se ha rediseñado (…) y esa transformación no es uniforme” (1999: 85).

Con poco más de una década y en constante transformación, las plataformas obligan a tener una mirada abierta. Mientras intentamos comprenderlas, cambian las interfaces, las gramáticas y las prácticas de los usuarios. Convergen y divergen las perspectivas teóricas y los niveles de análisis. ¿Cómo abordar, por ejemplo, Netflix? Los enfoques son múltiples: es posible analizar sus contenidos, la semiótica de su interfaz, su dimensión económica, las políticas de regulación, las prácticas de los usuarios (ven y comentan series, comparten contraseñas, etc.), la discursividad que genera, entre muchos otros aspectos.

¿Qué quiere decir todo esto? Así de simple y así de desmesurado: que las plataformas constituyen espacios estratégicos para comprender dimensiones centrales de las sociedades contemporáneas. Porque, como decía Clifford Geertz en La interpretación de las culturas, “el lugar de estudio no es el objeto de estudio”: no estudiamos plataformas, estudiamos en plataformas.