Hace poco se presentó en el Auditorio de FLACSO Argentina I-Polis, el libro que acaba de publicar Susana Finquelievich. Los comentarios de Silvia Lago Martínez, Gloria Bonder y Beto Quevedo fueron tan entusiastas y prometedores, que varios de los presentes hicimos fila en el puestito de al lado de la puerta porque no quisimos salir de ahí sin un ejemplar autografiado. Y a pesar de que uno sabe que en este tipo de eventos los presentadores suelen tirar flores, después de la lectura me pareció que el libro merece las mejores consideraciones.

Como arquitecta y doctora en sociología urbana, investigadora principal del Conicet, hace muchos años que Finquelievich se preocupa por las repercusiones sociales de las tecnologías de la información y la comunicación y enfoca en particular las ciudades y su vida cotidiana. Es súper prolífera y en sus más de dos docenas de libros analiza cómo atraviesan las TIC el trabajo, las organizaciones sociales, la descentralización del estado y de las políticas públicas, la cultura; cómo se relaciona la innovación tecnológica con el desarrollo urbano, entre otros problemas.

En I-Polis se pregunta qué fue de las promesas de la Sociedad del Conocimiento respecto de las ciudades; cuáles de esas promesas se cumplieron y cuáles tendencias no previstas aparecieron en los últimos treinta años. Aprovecha su experiencia como investigadora, las películas y los dibujos animados que vio, las novelas que leyó, sus viajes diversos, sus contactos, y escribe en lenguaje accesible y tono llevadero.

A pocas páginas de terminar la lectura ya estaba convencida de que teníamos que invitar a Susana a participar en TECHNOS Magazine Digital. Así que le propuse que tuviéramos una de nuestras conversaciones y aceptó sin dudar y con buen humor. Charlamos sobre este libro y sobre las nuevas ideas que están en la cocina del próximo.

RC: En I-Polis enfocás transformaciones de las ciudades en la era de Internet. ¿Qué expectativas tenías cuando comenzaste a escribirlo y cómo lo ves en relación con el punto de partida?

SF: Este libro fue un viaje, una exploración a lo largo de más de treinta años y de numerosos países, para responder a varias preguntas: Qué se cumplió en la Sociedad del Conocimiento en los últimos 30 años, con respecto a lo que se esperaba de ella? ¿Cuáles fueron los aspectos negativos que se temían de una sociedad informatizada? ¿Qué promesas reservaba esta nueva sociedad?

Decidí abordar estos interrogantes, y sus respuestas, desde un universo particular: las ciudades. Desde muy joven, como arquitecta, luego urbanista y por último como socióloga urbana, he trabajado sobre las ciudades como objeto de iniciativas, de acciones, de movimientos sociales. Las ciudades son el espacio en el que las tecnologías se crean, se experimentan, se difunden y se re-transforman. Con lo cual los interrogantes se reformularon como: ¿Qué pasó en las ciudades en la Sociedad del Conocimiento que fuimos construyendo? ¿Qué nuevas tendencias no previstas fueron surgiendo a lo largo de estas décadas? Para responderlas, recurrí a fuentes muy variadas: entrevistas con especialistas, académicos, empresarios, funcionarios gubernamentales, en Argentina, Brasil, España, Israel y Portugal. Casi un centenar de personas de América Latina y Europa respondieron una encuesta por e-mail. Y por supuesto, leí y leí y leí durante largas tardes en mi oficina o en los cafés de Palermo. Pero fundamentalmente, para percibir los temores, esperanzas y escepticismos de los ciudadanos (entendidos como habitantes de las ciudades, con papeles o sin ellos) ante la revolución tecnológica que estaban viviendo, recurrí a productos culturales que traducen estos sentimientos: novelas de ciencia-ficción, películas, series, obras de arte de todo tipo. Durante el año que duró la escritura, me sumergí en el placer de re-ver películas ya olvidadas, de leer y revisitar una montaña de libros, de recorrer exposiciones y museos, ya en forma presencial, ya virtualmente. Fue un año muy divertido. Durante ese tiempo, aprendí mucho, sobre las ciudades de la era de Internet, sus esperanzas y sus decepciones.

RC: Al leer el libro tuve la impresión de que deja ver un proceso de maduración de tus intereses y tus ideas ¿creés que es así?

S.F: Efectivamente, así fue. Como decía, fue un viaje de más de 30 años, que recorre entre otras cosas mi propia relación con el objeto de la investigación. En ese viaje hubo periodos de encantamiento y también de desencanto. Pasé de la tecnofilia al escepticismo, no hacia las tecnologías en sí, sino a cómo se utilizan. Por ejemplo, me había hecho mucha ilusión la posibilidad de transparencia gubernamental, democratización y empoderamiento de los ciudadanos que esperábamos del gobierno electrónico (GE). Es de esperar que a medida que el sector público continúe reformando las instituciones y los procesos estructurales para aumentar la eficacia y mejorar la prestación de servicios, creando un ambiente propicio para los negocios y ofreciendo más oportunidades de participación a la ciudadanía, el gobierno electrónico se convertirá gradualmente en el activador clave del desarrollo sostenible. En el contexto del GE las TIC son un instrumento valioso para promover la democracia. Una aplicación importante del e-gobierno, hasta ahora descuidada, es la e-democracia, por medio de mecanismos de consultas y preparación de los ciudadanos para una votación bien informada, así como su extensión a la toma de decisiones usando como base las consultas en línea, foros públicos y plebiscitos. Lo que aún no se conoce suficientemente es si la política y la gobernabilidad presentan transformaciones cuando se utilizan medios electrónicos. Se producen por cierto algunos cambios, como la contribución a la formación de opinión pública, información ciudadana, y de vez en cuando un efecto que alcanza directamente a los cuadros políticos.

¿La promesa del GE está satisfecha sólo en parte? Sí. Pero es necesario considerar que no estamos mirando un álbum de fotos, donde las imágenes permanecen fijas. Estamos contemplando (y viviendo) una película que no termina tan pronto. La Sociedad del Conocimiento no es un estado fijo: es un proceso en continuo movimiento. En este mismo momento, algo está cambiando en los GE de Uganda, de Ucrania, de Islandia, de Bolivia, de Zimbabwe, de cualquier lugar del mundo. Y con seguridad, continuará cambiando. Así como es necesario revisitar el concepto de gobierno electrónico, también lo es el de las ciudades inteligentes. Muchos funcionarios locales se inclinan a comprar e implementar tecnología “porque es una manera de modernizar la ciudad”, infligiendo gastos a sus ciudadanos, pero sin identificar primero sus necesidades ni plantear objetivos definidos. Numerosos casos terminan en costos altísimos para proyectos fracasados, como plantea Alejandro Prince. El simple uso de las TIC tal vez pueda definir a una ciudad como Ciudad Digital, pero jamás podrá ser llamada inteligente una ciudad que usa TIC sin un diagnóstico fiel de la situación local frente a la Sociedad del Conocimiento y una eficiente adecuación de medios (recursos financieros, tecnológicos, humanos) a fines (sociales, ambientales, políticos, económicos). Una ciudad sólo puede ser inteligente si se preocupa por la calidad de vida de sus ciudadanos, pero no es inteligente si su única preocupación es la implementación de tecnologías caras sin objetivos definidos previamente para el bienestar de su población.

RC: Más allá (o más acá) de la idea de “ciudades inteligentes”, en I-Polis analizás distintas dimensiones de la vida de las ciudades que están afectadas por la expansión de tecnologías de la información y de la comunicación ¿Cuáles dirías que son aspectos de la vida de las ciudades que parecen mantenerse al margen de esas influencias?

SF: Diría que actualmente no hay ningún aspecto de la vida urbana que se mantenga al margen de la expansión y uso de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC). Una de mis conclusiones es que las ciudades de la era de Internet, como las ciudades de Ítalo Calvino, son invisibles. O al menos, muy poco perceptibles. No hay una ciudad física de la Sociedad del Conocimiento. Con excepción de museos y espacios de exposición interactivos, como la Ciudad de las Artes y las Ciencias en Valencia, Tecnópolis en Buenos Aires o Maloka en Bogotá, no hay equipamientos colectivos destacables. Por el contrario, son humildes, y permanecen ocultos en la trama urbana: telecentros, cibercafés, espacios de co-working, señalan la transición de un modelo socio urbano a otro. No hay puentes espectaculares, urbanizaciones aéreas ni coches voladores.

Las excepciones son los parques tecnológicos, los tecnopolos, los medios innovadores, los distritos tecnológicos, en síntesis, los nuevos equipamientos productivos, pero que no difieren mucho, físicamente, de los parques industriales o los campus universitarios del siglo XX. Aquí tampoco se encuentran construcciones espectaculares que marquen nuevos hitos urbanos. Se exceptúan, por supuesto, a las Ciudades del Conocimiento deliberadamente construidas como tales, como los casos de Yachay en Ecuador, Daedeok en Corea del Sur, o Cyberjaya en Malasia, todas ellas aún en construcción o no completamente pobladas. Se plantea aquí una nueva pista de investigación: el seguimiento y evaluación del camino recorrido por estas Ciudades del Conocimiento desde su fundación a su pleno funcionamiento, años después. ¿Cumplirán los objetivos para los que han sido generadas o replicarán el modelo de los campus universitarios o de los clusters industriales? ¿Se desarrollará en ellas un nuevo tipo de ciudadanía “inteligente”?

A pesar de la relativamente escasa relevancia física de la Sociedad del Conocimiento en las ciudades, éstas han sufrido transformaciones importantes en las maneras de usar el espacio y el tiempo social, de movilizarse, de teletrabajar, de efectuar trámites por Internet en vez de interactuar con humanos, de vincularse en la amistad y en el amor, de enseñar y aprender. Las carreras universitarias virtuales se han vuelto usuales, al igual que el teletrabajo. No se puede decir que la suburbanización haya aumentado a causa de las TIC (como sí lo ha hecho como producto de nuevos transportes como el tren rápido), pero los habitantes de los suburbios residenciales ven sus vida facilitadas por el teletrabajo, el home-banking, los espectáculos a domicilio, Netflix. Sería necesario investigar con mayor profundidad de qué maneras afecta la Sociedad del Conocimiento a los suburbios pobres, las villas miserias, las chabolas, las favelas, y sus habitantes.

RC: En un momento dijiste que estás desencantada del ideal de las ciudades digitales ¿qué te había encantado de ese concepto/proyecto y por qué te desencantaste?

SF: En algún momento creí que la ciudad digital sería el modelo urbano del siglo XXI. Me equivoqué. A comienzos del tercer milenio la “ciudad digital” se concebía como otra utopía urbana más: sería una ciudad que utilizaría las TIC de manera intensiva, extensiva, y estratégica, una ciudad que rompería límites y barreras y pondría a trabajar en red a todos sus elementos, mientras también sería en red con otras ciudades y entidades. Alrededor del año 2000, varios entusiastas que trabajábamos sobre ciudades digitales sosteníamos que toda reflexión sobre éstas debe contemplar las opciones para el desarrollo que se le presentan a las potenciales ciudades digitales, en tanto que espacios electrónicos íntimamente conectados con las ciudades físicas. El propósito debía ser el de contribuir a crear espacios de oportunidad, tanto físicos, institucionales o digitales, que posibilitaran la concretización de las iniciativas creativas de los actores sociales que determinan la evolución de la vida cotidiana y el desarrollo del futuro de las ciudades.

Algunas de las primeras ciudades digitales tal como se conocen actualmente germinaron en Estados Unidos, Europa y Asia: Cleveland Free Net (1986), Singapur (1992), Ámsterdam (1994). En Iberoamérica se creó en 2001 la Red Iberoamericana de Ciudades Digitales.

En sus concepciones iniciales, las ciudades digitales integrarían infraestructuras locales de información social, medios de comunicación, herramientas para mejorar la democracia y la participación locales, lugares vivenciales del ciberespacio (y del espacio), recursos prácticos para la organización de la vida cotidiana. El ideal de ese momento era que las ciudades (y sus gobiernos) se reconstruyeran colaborativamente, centradas en las necesidades de sus ciudadanos. No se trata solamente de los portales que muestran en pantalla las actividades del gobierno electrónico, de las asociaciones comunitarias, del sector de educación, salud, del sector empresario, etc., sino que se requiere conformar una red que entrelace todas esas y otras redes y permita su interacción permanente. Hablamos de una lógica similar en la que la información pueda buscar a la gente, más que la gente a la información.

Uno de los roles prioritarios de las ciudades digitales debería ser el de conector entre diferentes actores, sectores, mundos: relacionar el mundo presencial con el virtual, el medio local con los medios nacional, regional y global, las redes ciudadanas con el gobierno en sus diversos niveles, con el mundo educativo-académico, y con el sector privado. Se facilitaría la relación del Estado nacional con el regional (provincia, región) y el local (ciudad); las empresas se vincularían con las PYMES locales y con los medios científicos que les proveerán su capital de conocimiento; y la sociedad civil se informaría libremente sobre los medios innovadores y las iniciativas disponibles.

En trabajos conjuntos con Alejandro Prince entendíamos a la ciudad digital como “la célula de la sociedad del conocimiento” y la vinculábamos con la aplicación intensiva, extensiva y estratégica de las TIC a todas las actividades públicas y privadas de una ciudad. Poner en red a la administración pública y sus servicios al ciudadano, al gobierno municipal con sus niveles superiores (Provincias y Gobierno Nacional), a la sociedad civil y la ciudadanía, a las instituciones académicas y educativas de todo nivel y a las empresas de todo tamaño.

Así definidas, queda claro que al menos en Argentina lo que existe hoy son ciudades “en camino de ser digitales”. En muchos de estos casos, esta voluntad se acompaña de numerosas aplicaciones de las TIC al gobierno y administración de sus distritos, así como nuevos servicios para los ciudadanos. Si bien hay ya ciudades del conocimiento construidas desde la nada, no conozco ciudades digitales construidas desde cero sino que se construyen sobre avances: mecanismos de gobierno electrónico y apps para uso de los vecinos, acceso al WiFi en áreas públicas. Es difícil establecer indicadores que ayuden a determinar en qué medida una ciudad es o no digital.

Entonces, volviendo al tema del desencanto, pensaba que el concepto de ciudad digital era construir una arena en la que las personas de diversas comunidades puedan interactuar y compartir conocimientos, experiencias e intereses mutuos; las ciudades digitales integran información urbana accesible en tiempo real, y crean espacios públicos en internet para las personas que aman vivir en esa ciudad o visitarla. Ese fue el concepto que me encantó. Pero nunca lo vi completamente realizado.

RC: Cuando nos encontramos en febrero pasado presentaste un nuevo trabajo sobre la intrusión de la tecnología en el cuerpo, algo así como el estado actual del cyborg ¿es el tema de tu próximo libro? ¿Podés darnos un adelanto?

SF: En febrero de este año presenté un trabajo sobre “Nosotros, los ciborgs”, en el cual analizaba el uso de miembros electrónicos para mejorar funciones de los seres humanos. Cada vez me estoy interesando más en la Inteligencia Artificial (AI) y en cómo integrará crecientemente el mundo y las ciudades que habitamos. No son cyborgs sólo las personas que han incorporado tecnología a sus cuerpos. Todos los que usamos las TIC y nos integramos a redes sociales extendemos nuestros cerebros para alcanzar, para “tocar” a otras personas, a otros conocimientos, independientemente de la distancia. Podemos construirnos nuevas identidades, retocar las nuestras o mostrar sólo los aspectos más favorables. Podemos integrar comunidades elegidas por nosotros mismos en base a intereses compartidos en vez de limitarnos a nuestros vecinos. Internet es en cierta forma una prolongación de nuestra memoria, de nuestro campo de juegos mentales, de nuestra capacidad para relacionarnos. Desde ese punto de vista una enorme proporción de los habitantes del planeta (más de 3.345 millones en el 2015) ya somos cyborgs.

¿Pueden las máquinas cobrar vida propia y controlar las vidas de los humanos? ¿Puede la tecnología ir más allá y transformar a los humanos? En futurología, la Singularidad Tecnológica es un posible acontecimiento futuro en el que, según se predice, el progreso tecnológico y el cambio social se acelerarán con el desarrollo de una inteligencia sobrehumana de modo tal que ningún ser humano anterior a dicho acontecimiento podría comprenderlo o predecirlo. Se llama así por analogía con la singularidad espacio-temporal observada en los agujeros negros, donde existe un punto en el cual las reglas de la física dejan de ser válidas y la divergencia hacia valores infinitos hace imposible definir una función. Se debate sobre si la Singularidad ocurrirá o no, pero los futuristas estiman que el hecho podría suceder aproximadamente durante la tercera década del siglo XXI.

Podemos añadir que un nuevo tipo de terapia génica podría eliminar en animales, humanos y plantas, eliminar las mutaciones que nos parezcan no deseables. O introducir aquellas modificaciones génicas que nos parecen deseables. ¿Qué pasaría si decidiéramos modificar el genoma, no de un paciente necesitado de terapia génica, sino el de un embrión de pocas divisiones celulares tras una fecundación in vitro? Si el embrión genera un ser humano, sus células somáticas y también las germinales contendrían la modificación genética deseada. En otras palabras, si sus óvulos o espermatozoides son fecundados, sus hijos/as recibirán esa información genética modificada. Pasará a sus hijos, y a sus nietos, y a sus bisnietos, y a los descendientes de sus descendientes de sus descendientes... Incluso, según cómo esté diseñada, puede "borrar" del mapa la información genética inicial, permaneciendo la modificada y eliminando la información original. Todo esto ya es posible. Se practica ya en los laboratorios con organismos no humanos.

Esta perspectiva les resulta excitante a tantos humanos actuales como aterra a otros. ¿Cómo enfrentará la humanidad este cambio que ya se está haciendo presente? Este es el tema que me apasiona en estos momentos. Estoy estudiando en este sentido, y espero escribir un libro cuando me sienta preparada.