El mapa no es el territorio
Alfred Korzybski

El caballero R.G., Suipacha 512, piso 5, U.T. Libertad 2885
Macedonio Fernández

Joyce decía que él había escrito el Ulysses para garantizar que la ciudad pudiera ser reconstruida en caso de que Dublín desapareciera. Leídos desde esa óptica, lo mismo puede decirse que sucede en casi todos los textos literarios que evocan espacios y lugares del pasado que ya han desaparecido o se presentan como irreconocibles desde el presente. En esos casos, las referencias geográficas en los textos literarios aparecen como el "documento imaginario" (y a la vez real, siempre efectivamente circunscripto a un texto) que da cuenta de determinada configuración del espacio en la historia. La relación entre el espacio geográfico y la narrativa, aun con toda su complejidad manifiesta, ha sido una relación fuerte en la literatura: desde el Dublín de Joyce, el Lisboa de Pessoa, el Nueva York de Paul Auster, la Europa medieval de Boccaccio, el Asia de Jean de Mandeville, el París de Cortázar, la América de los primeros cronistas españoles. Aun cuando pueda tratarse muchas veces de una evocación imaginaria, y el espacio geográfico al que se remita no pueda nunca ser concebido como tal, hay sin embargo un poder de evocación que configura ambientes y escenarios más allá de su existencia real o imaginaria. De allí también aquella concepción de la literatura como viaje, transporte a otros mundos, etc. Ciudades que ya no existen, bares o librerías que han cambiado de nombre y de lugar o que sencillamente se han desvanecido en la espesura del tiempo configuran también ese rasgo de transposición o de viaje en el tiempo que la literatura comporta. Este tipo de encrucijadas entre lo real y lo simbólico, lo geográfico y lo imaginario concurren en la era digital para habilitar nuevos recorridos por la historia literaria: novelas hipertextuales o poesía electrónica no necesariamente se oponen a los sentidos de lo literario sino que también los expanden. Formas históricas de la literatura, como la novela, se nos imponen como eminentemente urbanas: no sólo representan los espacios reales, sino que los reinventan fantásticamente. Así entendidos, los espacios literarios dejan huellas en las representaciones de las ciudades: paisajes entre reales e imaginarios, colectivos y personales.

Los que alguna vez hayan tenido la fantasía de pasearse en una noche oscura a las orillas del río de la Plata, en lo que se llama el "bajo" en Buenos Aires, habrán podido conocer todo lo que ese paraje tiene de triste, de melancólico y de imponente al mismo tiempo. La mirada se sumerge en la extensión que ocupa el río, y apenas puede divisar a la distancia la incierta luz de alguno que otro buque de la rada interior. La ciudad, a dos o tres cuadras de la orilla, se descubre informe, oscura, inmensa. Ningún ruido humano se percibe, y sólo el rumor monótono y salvaje de las olas anima lúgubremente aquel centro de soledad y de tristeza.

Amalia, José Mármol

Por la calle Chile bajó hasta Paseo Colón. Sentíase invisiblemente acorralado. El sol descubría los asquerosos interiores de la calle en declive. Distintos pensamientos bullían en él, tan desemejantes, que el trabajo de clasificarlos le hubiera ocupado muchas horas.

Los siete locos, Roberto Arlt
Una tremenda avenida se precipitó por el Riachuelo de Barracas

El Matadero, Esteban Echeverría

Es 2004 y yo estoy sentado, como desde siempre, en el Café de la esquina de Avenida de Mayo y Perú. Estoy sentado a la mesa, la ñata contra el vidrio, mirando cómo se desplaza la calle. Muchísimas cosas cambiaron acá en este boliche a lo largo de los años (sobre todo, la decoración), pero los dos autores que estoy leyendo en simultáneo me impiden caer en la nostalgia.

A la santidad del jugador de los juegos de azar, Héctor Libertella

Obras de diferentes autores y diferentes momentos de la literatura confluyen en el mapa. El mapa emerge entonces como una biblioteca, o como un libro de citas por el cual transitamos. Así, la experiencia del mapa nos permite redescubrir el San Telmo de Amalia, el casco histórico de Buenos Aires revisitado por los personajes de Borges o Arlt, o identificar lugares específicos como la Richmond de Walsh, los espacios emblemáticos de Florida y Boedo, el Monserrat de Cané, entre muchos más.

Me despierto en uno de los bancos del zoológico. El que tengo más cerca, el de Buenos Aires: siempre vengo acá cuando veo que todo se desencaja y que no hay quién lo entienda. Los seres humanos me parecen remotos, incomprensibles. Me acurruco en algún lugar entre entre las jaulas…

Desubicados, María Sonia Cristoff

Cuando llegué a la villa sólo sabía que en ese punto del conurbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen, nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel "El Frente" Vital, diecisiete años, un ladrón acribillado por un cabo de la Bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba, se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo: lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Cristian Alarcón

En este contexto Proyecto Lit e-Maps propone mapear colectivamente espacios de la literatura en español, para reconstruir mediante herramientas de mapeo y geolocalización, la traza geográfica y virtual que realizan textos de la literatura en español.

Por una operación de recorte el mapa comenzó situando lugares referidos por la literatura inicialmente en la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Pero poco a poco la geografía literaria se va llenando de puntos. Concebido como un colectivo de trabajo entre equipos de investigación situados en México, Chile y Buenos Aires en la experiencia del mapa confluyen tres momentos que pueden ser pensados de manera independiente pero que también se presentan como superpuestos. Uno de análisis-descriptivo de diferentes proyectos de mapeo y geolocalización; otro momento teórico-conceptual concerniente al problema de la relación espacio-tiempo, geografía e historia literaria (mediante la reelaboración de nociones como «cronotopo», «imaginario», «zeitgeist»); y un tercer momento colaborativo concerniente en el manejo de herramientas y técnicas de mapeos que hacen al «stimmung», ese patrón misterioso tanto geográfico como imaginario que se encuentra agazapado en en el corazón de la literatura.

No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle Perú y la de la Victoria han cambiado mucho en los veintidós años transcurridos: el centro comenzaba en la calle de la Piedad y terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia sur de las tiendas estaba representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina, mostrador democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de la noche y el toque de ánimas. El barrio de las tiendas de tono se prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas cinco cuadras, constituían en esa época el boulevard de la fashion de la gran capital

La Gran Aldea, Lucio Vicente López


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