En abril próximo, cuando se conmemore un nuevo aniversario de la publicación de la primera novela de Tao Lin, Eeeee Eee Eeee (Melville House), la Alt-Lit celebrará una década de vida. La última escena de la literatura alternativa estadounidense que se formó de manera colaborativa en Internet gracias al uso de blogs, chats y redes sociales. El interés por Tao Lin –su figura más reconocida– radica en que permite explorar los bordes incandescentes de la relación entre escritura y técnica. En sus novelas, es posible observar cómo se adopta lo digital no como una reflexión defensiva de lo literario (el lugar del autor, el genio creativo) ante lo tecnológico (el lugar de la falsedad, la copia, la reproductividad) sino a condición de experimentar con el dispositivo técnico. A nivel formal, la vida/obra de Lin (que explora el consumo, el uso de las redes sociales y hastío) atraviesa la frontera de la literatura. Lin ejecuta una drástica operación de vaciamiento sobre ella: el sentido (o el autor, o la escritura) queda sin densidad, sin paradoja, sin indecibilidad. Como diría Josefina Ludmer: "sin metáfora". De esta manera, se mueve en un terreno que al mismo tiempo es y no es literatura, es ficción y es realidad. En este punto, el interés por este escritor invita a pensar en él mismo como síntoma de época, pues testimonia las formas de ser y estar en un mundo que se presenta abiertamente posliterario. En definitiva, en su trabajo es posible individualizar un dispositivo eficaz para diseccionar la figura que adquiere el humano en la era digital y, en ese marco, trabajar su relación con la escritura.

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Estados Unidos es uno de los países donde mejor se concretiza la institución de la cultura académica en el seno del campo literario. Varios autores, como Jonathan Franzen, Dave Eggers o David Foster Wallace, contra los cuales reacciona la Alt-Lit, condensan este camino profesional. A diferencia de ellos, Lin armó su propia escena. Una decisión valiente que le confirió la libertad necesaria para evitar aquellos espacios que proponen que "la memoria es la fuente primaria de la experiencia imaginativa" y que dictan que toda vida tiene algo extraordinario que merece ser contado. Para pensar otra escena surgida de manera lateral a la academia habría que remontarse a la Generación Beat (alguna vez la Alt-Lit fue llamada "generación offbeat"). Pero si la literatura beat ostentó un profuso vitalismo –se basaba en la experiencia pura y un rechazo a la condición intelectual–, la Alt-Lit no se puede catalogar tan fácilmente. De hecho, aquel que quiera ver en nuestro autor una reacción contra las formas canónicas (poemas, cuentos, novelas y ensayos) puede incurrir en una equivocación. Lin construye su propio canon, que aborda tanto en narrativa como en ensayos, por tanto resulta difícil tildarlo de anti-intelectual. Esta literatura se instala en un limbo pues es conceptual, es impura –se intoxica con el lenguaje de las redes sociales–, y disipa los límites de lo "literario" y lo "real".
, Lo literario se desembaraza en Lin del simbolismo, del mito, de la fábula, para construir una escritura plana, que fabrica presente con la realidad cotidiana. En su obra, in crescendo, la prosa desafectada de Lin avanza hacia el hastío absoluto. El éxito y el patetismo, los encuentros y desencuentros amorosos, los robos, el consumo (de drogas, de productos orgánicos, de tiempo) son narrados en un tono neutro e hipnótico. Instantáneas de vida ensambladas con parsimonioso desapego. En Taipéi (2013), Paul es un escritor neoyorquino en ascenso, que mantiene una relación distante con sus padres que viven en Taiwán y pasa de una novia a otra sin excesiva emoción. Mientras tanto, toma todo tipo de fármacos, drogas y alcohol sin culpa ni mucha emoción. Como Haley Joel Osment en Richard Yates (2009) o Sam en Robar en American Apparel (2012), Paul trabaja un rato en su MacBook, luego vaga por las calles de New York, se roba un libro o una prenda de vestir, va a trabajar a la biblioteca, conversa con sus novias por el chat de Gmail. Un día en la vida de estos personajes, no contiene nada que pueda traducirse en experiencia: ni su deambular, ni su relación con la literatura, ni sus parejas, ni sus rutinas psicotrópicas. No es que las vidas representadas sean insignificantes, más bien parecen sugerir que aquello que existe es la imposibilidad de instituir experiencias por medio de la palabra y el relato. Tampoco hay un esfuerzo por recuperar un pasado pleno de experiencias, sino que los personajes parecen simplemente transcurrir sin más metas ni aspiraciones que las de escribir y adquirir la notoriedad necesaria para dejar sus trabajos basura.
, En Lin se aprecia claramente la pérdida de la lógica interna de la literatura y del poder de definirse y regirse –como advirtió alguna vez Ludmer– "por sus propias leyes e instituciones (la crítica, la enseñanza, las academias, el periodismo) que debatían públicamente su función, su valor y su sentido". Esta situación se mixtura con el diluvio tecnológico que desborda los límites de los diferentes campos artísticos, de los artistas y los espectadores. Esta pérdida de autonomía se relaciona con la evaporación de los campos autónomos de lo político, lo económico y lo cultural en las sociedades postdisciplinarias. En este punto, su literatura Lin es fecunda para diseccionar como la transformación del ambiente tecno-cognitivo redefine las formas de identidad desarrolladas en las sociedades disciplinarias/literarias. Como es archiconocido, el paso de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control aconteció a partir de la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación, el carácter intangible del capitalismo financiero, el par marketing-consumo, y la crisis de los espacios de encierro. Los muros de las viejas instituciones, los encierros, bajo su forma de moldeo de cuerpos (rígido/analógico), cedieron terreno a la modulación del cerebro (plástico/digital) de los controles. A esta sociedad, en la cual la acumulación de capital se hace por medio de la producción, circulación y consumo de signos, le corresponden técnicas de control que se dirigen a la vida en tanto memoria. De esta forma, emergen nuevas relaciones de poder (noopolítica) que toman como objeto las fuerzas movilizadas por la cooperación de los cerebros y capturadas por las nuevas instituciones: opinión pública, percepción e inteligencia colectiva, entre otras.

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Si las novelas son lecciones implícitas de pensamiento, aprendidas al remontar el camino de la cognición que la narración deja atrás, la prosa de Lin da cuenta de la remodelación del funcionamiento de la mente humana según dispositivos técnico-cognitivos de tipo reticulares, celulares y conectivos. Su obra testimonia la modificación de los regímenes vitales encarados por la operatoria noopolítica, que más que moldear subjetividades, modula sentidos variables en la memoria, a través de las tecnologías de información y comunicación. Nos remarca la influencia en que los dispositivos técnicos ejercen en los modos en que pensamos, escribimos, leemos y nos comunicamos. Con tono neutro y monocorde, explora la mutación de los hábitos de lectura y los procesos de subjetivación sin plantear por ello una crítica social o una estetización moralizante. Lin es revulsivo porque nos confronta con aquello que ya no somos. Pone en relieve una forma de leer y producir que muestran nuevas formas de atención y cognición. Un tipo de lectura superficial que no exige la entrega que Benjamin le otorgaba a las narraciones orales, ni reclama la lectura atenta de la modernidad.
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