Televisores sin televisión

Cada vez con más frecuencia me toca ingresar en hogares donde aquello que llamábamos televisión ya no es aquello que analizaron las corrientes clásicas acerca de la comunicación. Es sabido que el concepto de interactividad ganó lugar en la mayor parte de las tecnologías, pero esta posibilidad de acción del usuario ha encontrado hace un tiempo una nueva arista: la posibilidad de prescindir de la TV como programación.

Las aplicaciones de Youtube y Netflix en una Smart Tv se han convertido en las principales herramientas de estos nuevos consumidores, dejando de lado en gran medida las características propias de las antenas: grillas de programación, conductores, publicidades, noticieros, unilateralidad, espectadores pasivos, etc.

Las tendencias de las que el sistema se alimenta

Desde la aparición de las conexiones a internet de alta velocidad, la tendencia ha sido, hasta hace un tiempo, la descarga de contenido (principalmente pirata o al menos flojo de papeles), dando lugar a páginas como Megaupload (que fue clausurada con un bello cartel del FBI) y miles más que fueron haciendo su aparición en los huecos que las industrias del cine, la música y los videojuegos iban dejando.

Este panorama tenía al menos dos problemas que explican a mi entender el nuevo contexto con el que convivimos: en primer lugar la descarga en sí implica un nivel de conocimiento de la red y la informática en general que el común de la gente no tiene (ni quiere tener); y en segundo lugar requiere de cierto espacio físico (disco rígido) para almacenar todo ese contenido descargado que, por más grande que sea, nunca superará el tamaño de la red de redes.

Esta comodidad clásica del obrero que vuelve a su hogar luego de una jornada agotadora y enciende la TV para ver qué hay, o la de la ama de casa que mira su novela de la tarde por más que conste de 15 minutos sobre el capítulo anterior y 15 minutos sobre el capítulo que viene, dejó preparado el terreno para encontrar una veta comercial a un fenómeno que, a juzgar por el dinero invertido y la facilidad para conseguir derechos de mercantilización, se le estaba yendo de las manos a la industria.

Así como Sony encontró en la posibilidad del mundo online la forma de terminar definitivamente con la piratería de sus juegos, la industria del cine y las series encontró en Netflix un interesante renacer.



Si estás en línea, te tienen

El sueño vintage de la comunicación se ha hecho realidad. Todas aquellas investigaciones repletas de encuestas inciertas, puntos de rating y mediciones de audiencias parecen ridículas en el nuevo panorama. Ahora saben qué ves, pero también por cuanto tiempo, en qué momentos pausás, qué búsquedas realizás, qué te lleva a ver qué, qué buscás en Youtube o que recomendaciones aceptás y cuáles no.

Estar conectado a la red significa quedar desnudo frente al gran inspector de comportamientos en que se ha transformado el streaming (¿o acaso no surgió en gran medida para eso?). Nos han vendido comodidad, pero en realidad los que la ganaron fueron ellos, que ya no necesitan aquellas gigantescas investigaciones de mercado, sólo le hacen caso al algoritmo… y mal no les va.

El concepto de Big Data presente en la red desde hace un tiempo es clave para entender el éxito de por ejemplo, las producciones propias de Netflix como House Of Cards o Stranger Things, donde el cálculo matemático les entregó las temáticas, los actores, los directores, las duraciones y los clímax necesarios para garantizar el éxito de las mismas, poniendo el cálculo al servicio del arte (¿o será al revés?). Lo cierto es que queda claro quienes salen ganando.

La conexión lo hace crónico

Así como es conveniente para la industria farmacéutica mantener crónicos en lugar de proveer las curas, los servicios de streaming se sostienen sobre la base de que sin ellos no tenés nada, y es que en gran medida es cierto. La pérdida de dominio sobre los archivos que tiene el usuario de estas plataformas llega a darme cierta gracia, escuchando las quejas de un usuario de Spotify sin conexión, y por lo tanto, sin música. La descarga te proporciona el control de los contenidos que obtenés, pero en cambio la visualización online requiere de una conexión constante (la cual se debe pagar mes a mes) que en el caso de cortarse no hace más que dejarte amputado en tu buena fe.

Mientras tanto, mientras la conexión funcione, no dejás de ser en ningún segundo una pequeña rata de laboratorio analizada por algoritmos que son buena gente y están trabajando para vos en la nueva superproducción que estará hecha a tu medida.