Comenzar a aprender alemán ha incrementado mi gusto e interés por la cultura alemana, que evitaré llamar germanofilia por las complicadas connotaciones que puede desatar el término. Una cultura de complejas tradiciones, corrientes artísticas, aportes filosóficos, todos "fracasados" si los pensáramos en términos de Adorno, ya que la cultura no pudo poner freno a la barbarie nazi. Viajar a Alemania implica un poco confrontarse con todas esas cosas, también con la conciencia de lo lejos que estoy todavía del idioma y su fascinante complejidad de declinaciones, Komposita y verbos hiper-específicos para cada situación de expresión.

También la cultura alemana permite conectarse con un riquísimo espectro de sonoridad –noción que pretende incluir e ir más allá de la música- desde lo culto a lo popular pasando por lo experimental, pero también vinculada a cierto estilo de vida. Al respecto, el silencio y la gestión del ruido parecen formar parte de una cierta calidad de vida quizá para nosotros desconocida. Esto va desde los vagones de tren con áreas de silencio hasta asomarse a la calle desde un balcón y en una inmensa metrópolis escuchar solo a los pájaros. O esperar el tren en la estación Wihlemhohe en Kassel, ya dejando atrás la visita a la Documenta 14, y de tanto silencio poder escuchar el ruidito de las ruedas de las valijas de quienes están circulando por las plataformas (como segundo sonido en importancia luego del de los trenes y su paso en el horario previsto). El silencio se vuelve confort y disfrute, tanto como el apego a ciertas normas y el funcionamiento eficaz de los servicios públicos.

Y si bien el silencio es una dimensión clave para pensar lo sonoro, dejemos el silencio y vayamos a la música. A principio de 2017 se inauguró en Hamburgo la Elbphilharmonie que fue proyectada por el estudio de arquitectura suizo Herzog & de Meuron y cuya construcción llevó una cantidad de euros para mí imposible de pensar. El edificio es una impresionante obra arquitectónica que mira hacia el río y el puerto, y que aloja varias salas de concierto, la más grande considerada –quizá exageradamente- como la sala de mejor acústica del mundo. Ahora, hay que decirlo: suena genial!!! Aquí (estoy ya en Buenos Aires, pero el recuerdo me hace ubicarme allá) no parecen haber lugar para discusiones acerca de si sería adecuado bautizar la monumental obra con el nombre de la canciller Angela Merkel, por ejemplo. Recibe su denominación de uno de los ríos de la bellísima y refinada ciudad, el Elba, incluso cuando se podría haber pensado en Brahms, que nació allí. En Hamburgo, además pude recorrer el Museum für Kunst und Gewerbe con dos excelentes muestras, una dedicada a los afiches de Keith Haring, otra a los afiches de Robert Rauschenberg y de apreciar la demoledora muestra de Bill Viola, "Installationen", en los Deichtorhallen Hamburg con excelentes obras del gran maestro del videoarte. Más tarde tomo el subte hacia la Philharmonie; no necesito pagar el transporte, el hotel me ha dado una tarjeta llamada Deustche Hospitality para que pueda utilizar todos los transportes de la ciudad (bus, subte, tren) durante el tiempo que dure mi estadía. Bajo en Baumwall y comienzo un breve camino a pie y en seguida aparece la imponente Elbphi, como también se la llama. El atardecer está comenzando y a medida que los muchos que estamos vamos ingresando para el concierto en la Großer Saal, podemos ver el sol cayendo sobre el río con el paisaje del puerto y accedemos a vistas de la ciudad con sus cúpulas góticas, sus canales y su distinguida arquitectura.


La Elbphilharmonie en Hamburgo (exterior e interior)

Está programada la Baltic Sea Phillarmonic, con la dirección de Kristjan Järvi. Se trata de una formación "multinacional" que reúne a músicos de Alemania, Suecia, Estonia, Polonia, Rusia y Dinamarca entre otros. Se trata además de una suerte de nuevo concepto que combina música, proyecciones, luces y coreografía. El concierto comienza con una ejecución sonora hecha con recipientes con agua, y la sonoridad líquida resulta una mágica introducción para la propuesta, Water Works, que incluye piezas de Charles Coleman, Georg Händel, Gene Pritsker y Phillip Glass. El director es sumamente carismático, su actitud sobre el escenario aporta encanto en el escenario, y hacia el final del concierto, los músicos –aquellos a los que el instrumento se los permitía- se levantan y comienzan a bailar y contagian a la audiencia. Luces, instrumentos, performers, espacio y público quedan ensamblados en la experiencia artística (que hacia el final casi se parece a una rave).
"¡Super!", nos decimos levantando pulgares con una mujer alemana con la que comparto la fila, ambos exaltados y capturados por la escena que acabamos de vivir. En algún punto, me recordaba a la maravillosa actuación de Ensemble Modern (su base está en Frankfurt) en el Teatro Colón como parte el ciclo Colón Contemporáneo en 2016.

La música, que no es una cosa sino un "acontecer" –y para mí la mejor de las artes- una vez más operando en el ánimo colectivo y Kristjan Järvi, transformado en una suerte de "semi-medium" (para retomar una acertada caracterización formulada en su momento por Edgar Morin), activa una comunidad de sentimiento que nos lleva a todos a otro lugar estando allí. Interpretada en vivo la música tiene algo de "experiencia única", pareciera reponer el tema del "aura". Mucho se ha dicho –y yo seguramente también- acerca de cómo la digitalización ha transformado nuestras experiencias musicales. Sin embargo, bien vale la pena preguntarse hasta dónde y en qué. Ya que si bien ha afectado de muchas formas la producción, la circulación y la recepción, no parece haber razones para creer que la escucha en una sala de conciertos haya perdido alguna entidad (a veces, nuestros pensamientos acerca de la técnica tienen un énfasis inmediatista) como para pensar que puede ser puesta a la par del streaming y un par de auriculares (sin dudas, es mucho mejor la recepción en la sala de conciertos).


Daniel Baremboin en la Berliner Philharmonie

El recorrido musical por Alemania también tuvo una estación en Berlín, esta ciudad en la que parece estar condensada la tremenda historia del siglo XX. Aquí se iniciaba Musikfest Berlin y un programa de conciertos que incluía a Mozart, Weber, Ligeti, Mahler y Schönberg entre muchos otros. Una buena oportunidad para conocer la Berliner Philhamonie, una de las mejores salas del mundo, en receso durante las oportunidades previas que había estado en la ciudad. El edificio, construido por el arquitecto expresionista Hans Scharoun en los años 60, está cerca de otro hito arquitectónico :laNeue Nationalgalerie, diseñada por Ludwig Mies van der Rohe. La sala principal tiene forma de pentágono y por lo tanto genera un clima especial al ubicar el escenario en el centro y al público (más de 2.000 lugares) alrededor de él dispuesto en terrazas asimétricas que permiten muy buenas condiciones de visión y audición. Algunos relatos dan cuenta de cómo el arquitecto tuvo presente la circunstancia más o menos espontánea de formar un círculo alrededor de un músico que está tocando y le dio a esto casi la forma de una consigna: la música es el centro. La obra es considerada un emblema del diseño de auditorios –tanto en o arquitectónico como en lo acústico- y constituye un modelo acerca de cómo las técnicas constructivas pueden aportar a intensificar la experiencia estética del público. ).

En esta oportunidad el plan fue el concierto inaugural del Musikfest que estaba a cargo de la Staatskapelle, una de las orquestas más antiguas de Europa -fundada en 1570, es decir, un formación con una larga historia por detrás. Para completar este buen plan, se sumaba que la dirección del concierto estaba a cargo de Daniel Barenboim, el reconocido director argentino, cuya maestría, autoridad escénica y elegancia explican el magnetismo que produce ni bien entra a la sala. Y aquí era convocada otra zona de la región germano parlante, Austria, ya que íbamos a escuchar la octava sinfonía del compositor y profesor austríaco Anton Bruckner, una obra cuestionada que lo llevó a hacer una profunda revisión y a construir una segunda versión estrenada en 1892. El concierto acaba y los aplausos finales, mientras Barenboim reparte flores entre los músicos,parecía que no iban a terminar nunca. ).


Cuatro momentos de Faust, de Anne Imhoff, en la Bienal de Venecia 2017

Comencé escribiendo sobre Hamburgo que suele ser caracterizada como la Venecia de Alemania. Antes de llegar allí venía de la Venecia italiana, donde había recorrido la 54 edición de la Bienal. Sin embargo, aquí también podríamos retomar la idea de una sonoridad alemana. El pabellón alemán ganó el León de Oro en la feria de arte con la instalación performática Faust de Anne Imhoff. Se ha dicho, con acierto, que la obra retoma dos grandes hitos de la cultura alemana: por un lado la obra de Goethe; por otro, la idea de Gesamtkunstwek (obra de arte total) de Wagner. En todo el pabellón se montó un piso de vidrio transparente: la performance sucede arriba y abajo, pero con el público usando ese piso para seguir a los artistas. Instalación, coreografía, dramaturgia, escenografía, sonido… para abordar temas como el poder, la sumisión, el cuerpo, la técnica en una obra intensa y cruda, con tal capacidad de interpelación que fui a verla una segunda vez. Ahora bien, probablemente la experiencia no sería tan intensa si no sonara como suena. Sonaba de manera tremenda, para algunos casi insoportable, porque tenía una sonoridad techno-ruidista que apuntaba a provocar una fuerte afectación corporal. Y el techno –con permiso de Detroit- tiene mucho de alemán. ).

Noch einmal Tresor. "Salir a bailar" es el título de un texto que nunca escribí pero que he tenido la fantasía de hacerlo, un poco inspirado –con las distancias del caso- en un breve pero maravilloso escrito de Roland Barthes llamado "Salir del cine". Salir a bailar no solo ha sido para mí parte de mi investigación sobre música sino una zona clave de mi experiencia vital. He podido bailar en lugares emblemáticos como Amnesia en Ibiza, el Rex de Paris o la pista vibrante de Fabric en Londres. No quiero dejar de mencionar a Cocoliche y Under en Buenos Aires, que sin duda le han puesto mucha onda a la noche porteña. Sin embargo, volver a Tresor, el club berlinés, tal vez no tenga nada comparable. Con un antecedente en un club ilegal, se inauguró en 1991 situado en un sótano cercano al lugar del bunker de Hitler, reuniendo a los jóvenes de ambos lados con entradas baratas que lo hacían accesible. Durante 14 años (cerró en 2005 y se reabrió dos años más tarde en otro local, una vieja central eléctrica) el club fue impulsado, entre otros, por Dimitri Hegemann y su fama trascendió la escena berlinesa hasta transformarse casi en un mito. La historia de Tresor ha sido relatada en los films Tresor Berlin: The Vault and the Electronic Frontier (Michael Andrawis, 2005) y Sub Berlin. The Story of Tresor (Tillman Künzel, 2012) Y tal vez lo mágico es que uno baila allí con un "mito viviente" de lo mejor del techno. Un sótano con un sistema de sonido que sacude, que eriza la piel y moviliza el cuerpo en un entorno de vibraciones al que hay que entregarse. Un lugar No Photo -aunque discretamente obtengo algunas fotos de baja calidad con el celular. Los buenos clubes de techno están en las antípodas de la exhibición selfie-narcisista actual, son lugares que hacen honor a la consigna de la artista Hito Steyerl: no ser visto. ).


El Club Tresor en Berlin

Es un miércoles y está el ciclo Tresor New Faces y bailamos muy buenos sets de Minou Oram y Sprintf. Alto momento de la noche -los clubbers enloquecemos- cuando empieza a sonar "Dexter", ese gran track del chileno/alemán Ricardo Villalobos, que integra su álbum Alcachofa, aunque en esta oportunidad con unos acelerados bpm que llevan el tema "al palo", como demanda la escena a las 04:30. Parafraseando a los Kraftwerk podemos decir: "a veces bailamos, a veces la música nos baila, a veces, simplemente, se baila". Bailar techno tiene algo, seguramente, de baile posthumano. En este contexto, pensando en las relaciones entre sonido y técnica, resulta muy significativo pensar en lo fundamental que ha sido para la música de baile la invención del amplificador que nos permite escuchar y bailar música fuerte, juntos y en movimiento. ).

Recordaba una reflexión de Thom Yorke: "Al final, la buena música dance te lleva a un lugar al que no pensabas ir." Podemos decir que toda la buena música logra lo mismo. Quizá la posibilidad de transportarnos es tan antigua como la música.