En el I Congreso Internacional de Humanidades Digitales, celebrado en noviembre de 2016 en Buenos Aires, la investigadora Gabriela Palazzo (CONICET, UNT) expuso una ponencia en donde analizaba cómo se representaba el ciberdiscurso juvenil en una serie de novelas pertenecientes al género conocido como “literatura juvenil o para adolescentes”. Palazzo dio cuenta de cómo las novelas argentinas Car@dice (2007), de María Inés Falconi; Hola Princess (2015), de Gloria Candioti, y El pacto (2015), de Florencia Gattari y Sebastián Vargas, y la española Pulsaciones (2013), de Javier Ruescas y Francesc Miralles, incorporan modos y formatos propios del ciberdiscurso juvenil en y a través de los espacios comunicativos en línea. La investigadora explicó que los blogs, el chat, Facebook y las aplicaciones de mensajería tipo Whatsapp se imbrican en las tramas de las novelas, ya sea estructurándolas por completo o bien como funcionales a la narración principal según formas más canónicas de construcción.

Uno de los aspectos que analiza Palazzo en su ponencia fue la verosimilitud de la escritura digital en las novelas. Como ejemplo, tomó Pulsaciones, que inicia con una “nota de uso” sobre HeartBits, la aplicación de mensajería instantánea sobre la cual se va a desarrollar la historia. La nota, suerte de fragmento de un tutorial, aclara que en la aplicación no existe el límite de caracteres en los mensajes, por lo tanto, no es necesario emplear abreviaturas. A partir de ese momento, se establece la orientación estilística que la novela mantendrá a lo largo de toda la historia: un completo respeto a la normativa lingüística en lo relativo al plano notacional y ortográfico. De acuerdo con Palazzo, “esta decisión invierte el signo identitario de base de la conversación online como modo de interacción entre jóvenes”, con lo cual “se fisura la verosimilización de una práctica adolescente en red” , salvo la aparición de algunos emoticones.

Este quiebre de la verosimilitud en la representación discursiva de la escritura digital no es algo privativo de las novelas que Palazzo analizó, sino que suele estar presente en los textos literarios que la integran en su historia. No es el objeto hacer una recopilación exhaustiva de ejemplos de esta práctica, pero creemos que la mención de algunos casos ayuda a desarrollar el objeto de este artículo.

Tomemos, por ejemplo, un cuento de Mariana Enríquez. En “Verde rojo anaranjado”, del libro Las cosas que perdimos en el fuego (2016), uno de los personajes, Marco, se encierra permanentemente en su habitación y sólo se comunica con la narradora a través del chat. La escritura digital ingresa a la historia a través del discurso directo: la narradora y protagonista utiliza un verbo del decir y transcribe textualmente, entre comillas, el mensaje de Marco en el chat. Después, las marcas tipográficas desaparecen, y la voz de la narradora finge replegarse y solo aparece el intercambio entre ella y Marco. El dispositivo y la plataforma se desvanecen, las distancias no existen, y en un mismo espacio parecen estar los dos personajes dialogando. De hecho, el pretérito da lugar al presente histórico y lo que son situaciones del pasado se transforman en una escena que se desarrolla ante nuestros ojos. El verosímil también se quiebra en este caso: el chat respeta la normativa ortográfica, no emplea abreviaturas y mucho menos elementos multimodales.

A la manera de Pulsaciones, “Toque de queda”, de Facundo Falduto, incluido en Vienen bajando. Primera antología argentina del cuento zombie (2011), se estructura por completo como un chat entre dos personajes que hablan sobre cómo uno de ellos fue a un boliche con habitués gustosos de la carne humana. Si bien emplea un registro coloquial, los mensajes digitales están introducidos por rayas de diálogos, siguen al pie de la letra las normas de puntuación y de ortografía y, una vez más, solo poseen texto verbal.

Incluso la representación discursiva de la escritura digital en un blog de ficción como Ciega a citas (2007-2008), de Carolina Aguirre, se aleja bastante de lo verosímil. Las publicaciones no se desvían de la normativa lingüística. De hecho, en varios posts se citan chats de Messenger con una corrección gramatical envidiable. Resulta curioso que lo más cercano al estilo de la escritura digital aparezca en clave de burla, cuando la narradora copia “textualmente” varios correos electrónicos que recibió de “potenciales candidatos” de un sitio Web de citas para que los lectores se rían de las faltas de ortografía y de la prosa disminuida de los mensajes.



Además de lo lingüístico, de lo multimodal, de la interconectividad, lo que la ponencia de Palazzo y los ejemplos citados exponen es que lo que es irrepresentable de la escritura digital es el sistema de valor en el cual está imbricada. El profesor James E. Porter explica que cualquier escritura, digital o analógica, se basa en sistemas económicos de valor, intercambio y capital. Para el lector y/o el escritor debe haber algún valor en el acto de producir, distribuir, leer e intercambiar textos. Estos sistemas no son necesariamente sistemas monetarios o comerciales, pero sí son sistemas económicos. Estos sistemas pueden involucrar intercambio de dinero, pero la motivación puede estar basada en el deseo, la participación, la colaboración o la conectividad emocional. De acuerdo con Porter, ese es el secreto de la dinámica de la Web 2.0, que cambia dramáticamente el aspecto económico de la escritura .

En la era de los entornos digitales interconectados, la escritura se debe ver desde el punto de vista de la producción, el consumo y el intercambio. La escritura, entonces, participa en un sistema económico de intercambio, ya que es una mercancía con valor. Las personas escriben y leen textos digitales porque quieren interactuar, compartir, jugar, aprender, enseñar, sentirse valiosos y ayudar a otros. Este impulso de interactuar socialmente es la base de los blogs, de las redes sociales como Facebook o Twitter, de los sistemas de mensajería como WhatsApp, de los sitios y aplicaciones para compartir videos o fotos como YouTube, Pinterest, Vimeo o Instagram.

El valor que posee cada mensaje, cada publicación, cada correo electrónico no se puede representar discursivamente, ya que aquel depende casi exclusivamente de la circulación de los textos digitales en y a través de los diferentes entornos interconectados. De acuerdo con el investigador Douglas Eyman, la circulación le añade valor a los textos digitales, porque estos pueden ser reproducidos, apropiados y usados, lo cual incrementa lo que se podría llamar el “valor de uso” de los mismos, establecido en el momento de su composición. A su vez, la circulación permite que los textos digitales posean un determinado “valor de cambio”. Los textos digitales generalmente no se intercambian para tener una ganancia material o monetaria, sino más bien para acumular, en términos de Bourdieu, capital cultural o social .

La escritura digital, por lo tanto, se basa en un sistema económico diferente al de la imprenta. Si retomamos a Porter, el capital no reside tanto en la originalidad de los textos que el escritor digital produce, sino en la habilidad para representar y hacer circular textos en formas que sean accesibles y útiles a otros, y en la habilidad para colaborar con otros, para compartir archivos y co-crear significado en espacios sociales.

En síntesis, más allá de la imposibilidad de introducir lo multimodal o lo interactivo, lo irrepresentable en el discurso literario es el sistema de valor en el cual la escritura digital se enmarca. Casi como una extensión de la pérdida del aura que postulaba Benjamin cuando la obra de arte se reproducía de manera técnica, el valor de uso y el valor de cambio de cada texto digital en los entornos digitales interconectados no se pueden transponer a lo literario.