Las personas usan las tecnologías disponibles con el fin de resolver las gestiones de la vida cotidiana o con la intensión de construir relaciones y vínculos que contribuyen al desarrollo de la vida social, como pueden ser las actividades laborales, la disposición de los servicios o el transporte. Sin embargo, siempre queda en un segundo plano la reflexión sobre las implicancias sociales, económicas y políticas del funcionamiento de la tecnología.

En los últimos tiempos y bajo un contexto general y ampliamente extendido de administración digital de los procesos sociales, la utilización de los dispositivos digitales portables ha contribuido considerablemente con la acumulación de datos. Esta información masiva que los propios usuarios producen al transitar por la red, también denominado como Big Data, permite que las empresas la almacenen para la toma de decisiones, extendiendo sobre las personas un tipo de relaciones que distan bastante de priorizar la justicia y extreman las estrategias para la ganancia, en una economía de plataformas y aplicaciones.



El avance de la tecnología digital hacia la automatización y el aprendizaje autónomo (Machine Learning) hizo posible la aparición de robots, autos sin conductor y drones que trasforman los intercambios y amplían el campo de acción de Internet que se introduce al interior de las cosas y organiza ciudades inteligentes. Ahora bien, este entorno de acceso ubicuo a la red en el que las actividades humanas requieren indefectiblemente la transmisión de datos permite que las acciones conscientes de las personas se encuentren organizadas y normalizadas cada vez más por los lineamientos del software.

El sector de la economía de las plataformas y aplicaciones para dispositivos digitales, uno de los más pujantes de la actualidad, ha hecho crecer considerablemente la cantidad de actividades comandadas por algoritmos dirigidos. Al usar las tecnologías digitales nos incorporamos dentro de un conjunto de lógicas y estructuras prestablecidas que instruyen y reglan el comportamiento sin que nos demos cuenta, dejándonos a merced de las intenciones de los productores que, en la mayoría de los casos, pretenden extender la desigualdad y maximizar la ganancia a cualquier precio.

Los casos significativos son empresas que en la actualidad dominan la economía mundial. Google quizá es el caso más poderoso y significativo. Hoy Google es una marca que posee múltiples negocios y servicios en la red a costa de los datos que toma de la producción de información on line de sus usuarios. Además, de un buscador de páginas web posee el sistema operativo más utilizado de la era móvil como lo es Android, tiene un correo electrónico de más de 1000 millones de personas (Gmail), es el propietario de You Tube y posee el servicio de mapas digitales más utilizado en el mundo (Google Maps), todas ellas porciones de la red que le permite desplegar una gran cantidad de propuestas publicitarias para el mundo empresarial con costos muy bajos y amplios márgenes de ganancia.

La plataforma Facebook se ha convertido en el espacio de la red desde el cual se informan la mayoría de las personas con serias repercusiones sociales y políticas. En este caso, el software que utilizan los usuarios al entrar en la plataforma despliega un algoritmo que personaliza lo que vemos, según nuestras preferencias, envolviéndonos en una burbuja que distorsiona fuertemente nuestra mirada sobre los problemas sociales, políticos y culturales. Promueve el encuentro de iguales y parecidos, alejando de sí las propuestas contrarias o, al menos, distintas, lo cual descomplejiza el conflicto y limita considerablemente nuestra visión del mundo. Este posicionamiento como principal usina de información ha empezado a hacer tambalear los mecanismos democráticos y ha permitido una gran proliferación de informaciones falsas.

En el campo de la actividad económica, específicamente, se viene estableciendo un proceso que se ha denominado Uberización de la economía. Uber parece ser el caso paradigmático de una lógica comercial que intenta desregular al límite las relaciones laborales, disfrazándolas de relaciones entre particulares, vía plataformas accesibles desde dispositivos digitales. Uber, por ejemplo, dice ser una “empresa de tecnología” y niega sistemáticamente su relación con el sector del transporte, más bien dice conectar un grupo de choferes que pretende entrar en contacto con personas que quieren viajar, y entonces se desentiende de las formas contractuales correspondientes en tanto trabajadores y estimula el cuentapropismo como forma de trabajo y el monotributo como registro laboral.



Otros casos de aplicaciones digitales que están desmantelando el formato clásico de las relaciones laborales que impone el trabajo asalariado, son plataformas como Airbnb que conecta huéspedes con personas que ofrecen su morada como alojamiento, creando una verdadera competencia desleal a las empresas hoteleras y turísticas que tributan a los estados y dinamizan las economías regionales; o los servicios de envíos como Glovo y Rappi que se presentan como intermediarios entre una “red de consumidores” y una “red de productores”, borrando así de un plumazo cualquier tipo de beneficios sociales y reconocimiento legal a los “usuarios” como verdaderos trabajadores. Pero estas no son las únicas, sino que también existen otras de intermediación financiera, otras dedicadas a servicios domésticos, a servicios jurídicos y hasta educativos.

Ante esta situación es importante tomar conciencia que el principal agente que posibilita estos mecanismos no es la tecnología digital per se, sino la formulación de sus comandos, estructuras y regulaciones, las cuales son producidas por personas con nombre y apellido. Aquellos que tienen la posibilidad y el saber de construir las codificaciones y ponerlas a funcionar son los que dominan y ponen las reglas de los intercambios. Hoy parece ser que a la regulación disciplinaria del mundo se le adosa otra de carácter opaco, desconocida e imperceptible que tiene como función clasificar, organizar y optimizar a los sujetos incrementando las desigualdades y las injusticias.

En esta nueva etapa del capitalismo global, la tecnología, producida por los mismos grupos de poder, no solo acelera procesos sociales, reduce distancias o perfecciona procedimientos, sino que también ostenta la impronta de la explotación que dirige los nuevos modos de acumulación y producción. Las nuevas relaciones sociales y económicas basadas en plataformas y aplicaciones producen, fundamentalmente, concentración de la economía en muy pocas manos y repliega la figura del Estado a su mínima expresión.

Ante esta situación sobreviene la necesidad de una toma de conciencia sobre nuestras prácticas en general y sobre las decisiones institucionales necesarias para lograr sociedades más justas y equitativas. Por el contrario, nunca es recomendable mitologizar a las herramientas inanimadas ni darles poderes que no tienen. Hoy quienes dominan los algoritmos, manejan el mundo y tienen el saber tecnológico necesario para innovar y reconvertirse. Ahora más que nunca es importante tener en cuenta que no son los instrumentos los culpables, sino las personas que diseñan los dispositivos o programan las codificaciones, que al fin y al cabo son decisiones humanas y de ningún modo determinaciones unívocas e irrefrenables.