El canon digital. La escuela y los libros en la cibercultura JUAN JOSÉ MENDOZA
La Crujía, 2011




La hipótesis es esta: en la medida en que asistimos a un achicamiento de los espacios formales de la educación asistimos a un ensanchamiento de los espacios informales. Mirada de cerca, la educación contemporánea es informal. Y lo formal, donde permanece, permanece como souvenir de prácticas fosilizadas, marquetería, código. En muchos lugares se habla de cultura adolescente vs. cultura escolar, asumiendo la informalidad como una de las formas de lo contemporáneo. En El Canon digital se discute esa idea. No se trataba de esa dicotomía, sino de algo todavía más ominoso e insondable que ha perforado el sistema educativo.
El lugar de repelencia escolar que tradicionalmente ocuparon el deporte o las calles, y al que luego le sucedería la TV, ha sido sucesivamente ocupado por una sofisticada batería de opciones que bien merecen una nueva configuración: Cibercultura. Las redes sociales, la mensajería instantánea, los juegos de rol en primera persona, el cibersexo, son sólo algunas de las asignaturas y contenidos variables de la nueva maquinaria para-escolar. ¿Qué nuevo tipo de saberes distribuyen los espacios educativos de la «era digital»? Y a todo ello se añade la conquista técnica de la carne: dispositivos y tecnologías que atraviesan los cuerpos y se apoderan de ellos.



De allí entonces otra hipótesis: Cultura Letrada, Cultura Industrial y Cibercultura nombran las tensiones, las contradicciones, las dialécticas del presente. Así, la era digital pergeña un torbellino de tradiciones disímiles. El Humanismo (la Cultura Letrada, la Cultura Escolar), obra como un zócalo sobre el que la cibercultura se yergue.

Las escuelas al parecer son instituciones sobrevivientes de una época acabada. Porque si las escuelas primarias formaron empleados para las fábricas, y los colegios secundarios formaron empleados administrativos para el estado y el comercio, hoy precisamente «Fábrica», «Estados» y «Comercio» han sido pertrechados con nuevas acepciones adentro de las cuales se han pixelado sus antiguos significados: empresas multi-trans-nacionales, gobiernos nacionales desterritorializados, mercados globalizados.

Si de pensar los roles de la universidad se trata, la respuesta es más compleja. Durante décadas encargada de formar profesionales “autónomos” (“abogados”, “médicos”, “contadores” para los cargos ejecutivos del estado, el hospital, las fábricas) y desde los años ’90 asignada a la formación de “cuadros técnicos”, mano de obra intelectual al servicio de “empresas”, “gobiernos”, “capitales”. Más allá del aliento familiar para que los más jóvenes se alisten en algún tipo de carrera de grado, la cantidad de graduados universitarios en Argentina nunca supera el 5% de la población. El siglo XXI, con la proliferación de ofertas de universidades privadas y/o carreras terciarias, ya comienza a exhibir otros porcentajes, sin representar ello ninguna transformación estructural. En los imaginarios (y en la realidad), la educación no es el boleto para una verdadera movilidad social. Frente a la prolongación de la adolescencia por un lado, y ante la ausencia de verdaderos proyectos integradores de los jóvenes (entre los que sobresale la “precariedad laboral”) ¿en qué medida las universidades privadas y las carreras terciarias no cumplen un rol de meras “guarderías juveniles” para adolescentes mal educados?

El canon digital_ la escuela y los libros en la cibercultura (fragmento)

Entretanto, las reformas educativas, concordes siempre a “los tiempos que corren”, lo único que terminaron evidenciando –recuérdense los años ’90- fue la irreversibilidad del deterioro en el que nuestras aulas analógicas han caído. Un feroz proceso de desmantelamiento educativo ha obrado. La escuela no sería sino una más de las muchas instituciones que estarían asistiendo a la fase terminal de su desarrollo. Y, en este sentido, a lo que se asiste es a la caída de los paradigmas que durante muchas décadas han sostenido la ahora ya obsoleta estantería de valores occidentales. El sistema educativo tal y como fue concebido se cae. Y a los docentes, con sus subjetividades colonizadas por los medios, sólo se les ha pedido que obren como los colchones de carne que debían amortiguar esa caída. El estruendo de ese desmoronamiento aturde a los profesores de música que pretenden enseñar romanticismo en una época noise; el polvo de los escombros percude los cristales de los especialistas que pretenden asignarse la prerrogativa de visualizar “la crisis” adentro de la cual sus propias herramientas de análisis también han caído. Frente a la vertiginosidad de estos problemas ha contrastado la lentitud molusca de la burocracia estatal del “subdesarrollo” y el autismo y la miopía de una clase política siempre asombrosamente abocada a una tarea demasiado diferente a la de comprender la dimensión de los problemas que hay en juego.