Antonio Rodríguez de las Heras es un humanista que se dedica a reflexionar sobre la cultura contemporánea. Tiene una importante trayectoria académica: actualmente es catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, en donde ha sido creador y director del Instituto de Cultura y Tecnología; fue profesor en la Sorbona y Paris VIII y recientemente ha sido nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Extremadura (Uex). También ha realizado significativas contribuciones al campo de la integración de tecnologías en educación, desempeñándose como Director del Laboratorio del Centro EducaRed de Formación Avanzada y como Director del grupo de trabajo de EducaRed (Fundación Telefónica) sobre Formación del profesorado en Tecnología Educativa.

Desde hace años analiza el encuentro entre las tecnologías de la información y la comunicación y las humanidades, centrándose en las modalidades de lectura asociadas al libro electrónico y el hipertexto. Ya en 1990 recibió el Premio FUNDESCO de Ensayo por el libro Navegar por la información. Ha publicado otros tantos títulos, entre los que cuentan Los estilitas de la sociedad tecnológica; Metáforas de la sociedad digital: El futuro de la tecnología en la educación; y, recientemente, La red es un bosque.

Conocí el trabajo de Antonio Rodríguez de las Heras a través de una de sus reflexiones sobre el espacio digital y el espacio virtual, punto de partida del análisis sobre el espacio digital que presento en mi libro “20 minutos en el futuro” (Prometeo, 2018). Desde entonces, fui siguiendo otras de sus publicaciones, entramos en contacto a través de redes digitales y combinamos una conversación a la distancia.

El profesor ARdlH escribe una serie de artículos en El País Retina, una publicación en línea del diario El País de Madrid (que tiene también su versión en papel), que explora tendencias y analiza la transformación digital. Atento a las prácticas cotidianas y a las innovaciones, comunica sus convicciones sobre la deriva del mundo contemporáneo.

En este número de Technos Magazine Digital, que está en parte dedicado a tematizar aspectos de la relación que se establece con las tecnologías en las infancias, propusimos un intercambio sobre cultura digital, infancias y aprendizajes. Muchas gracias estimado profesor Antonio por conversar con nosotrxs y esperamos verlo pronto en Buenos Aires!

¿Cuáles diría usted que son las principales características de la cultura digital?

La serie de artículos que escribo en El País Retina lleva el nombre de «Los alefitas: la vida en digital». Vivir en la incipiente cultura digital nos hará «alefitas», ya no urbanitas ni rurales. El Aleph borgiano es una fabulosa contracción del espacio y del tiempo, como lo es la Red: un espacio sin lugares, sin distancias y sin demoras. Estas coordenadas espacio-temporales son, a mi entender, las que encierran el fenómeno emergente de la cultura digital. En ella habitaremos y tendremos progresivamente una percepción distinta del tiempo y del espacio y, en consecuencia, un comportamiento y una manera de comunicarnos y de hacer memoria, como ya lo estamos viendo, que son claves para la definición de una cultura que no corresponde a los modos de la cultura oral, de la escrita y libresca ni de la audiovisual. Todo esto traerá una cascada de transformaciones; por señalar una: la existencia poderosa en nuestras vidas de lo virtual, de otra virtualidad más, la producida por la tecnología digital. Y con ella los conceptos de presencia, de lugar, de proximidad, de agrupamiento, de interacción…

¿Cómo le parece que se relacionan los niños y las niñas con esas características de la cultura digital y con sus productos?

No hay cultura sin artefactos. Así que esta cultura digital se ha abierto camino con ingenios sofisticados, expansivos, penetrantes, que muy rápidamente no solo se han derramado incontenibles por el mundo, sino que además han calado hasta el fondo la sociedad. Y como todo artefacto, lo nuevo exige otras destrezas para su manipulación. A las nuevas habilidades que se exigen responde muy bien la generación joven, pues, por la edad, no tienen automatizadas otras y, por tanto, no hay resistencia al aprendizaje. Por otro lado, las peculiaridades de los nuevos instrumentos hacen que sean muy interactivos, manipulables, es decir, que hay que tocarlos: y ese alcanzar el mundo sujetándolo, señalándolo, tocándolo… es el impulso primero y más espontáneo del aprendizaje en la niñez. Luego ya llegará lo de «no tocar, que se rompe», los brazos cruzados, el distanciamiento… propio de nuestra educación hasta hace bien poco. Asombrados los adultos por esta espontaneidad y esta aproximación tan desinhibida y eficaz de los niños, los llamamos «nativos digitales», como un don que la edad temprana proporciona, frente a la torpeza de los adultos. Pero si bien no hay cultura sin artefactos, no por eso los artefactos son la cultura. La cultura no es solo cómo manipulas los artefactos, sino cómo los miras, y con ellos el mundo. Así que ahora nos damos cuenta de que hay una incultura… digital, una labor imperiosa de la educación por, diríamos, no solo enseñar a «leer», sino a comprender aquello que se lee.

Decía que tendremos progresivamente una percepción distinta del tiempo y del espacio ¿Cree que puede haber diferencias entre los niños y niñas que crecen en contextos más y menos tecnologizados?

Si bien este mundo digital se caracteriza por su derrame rapidísimo hasta envolver el planeta, hay que contar también con la «orografía de la desigualdad» que distribuye de manera desequilibrada la marea de ceros y unos. Pero no hay que olvidar también que mundo digital no significa un entorno de artefactos sofisticados, sino que significa cultura digital, que, como toda cultura, es el factor más influyente de exclusión, pero a la vez, y por contra, palanca de transformación social. De ahí la importancia que tiene la educación para que la cultura digital no ahonde las desigualdades, muy al contrario; y teniendo muy en cuenta, como escribió Roberto Castrovido, periodista y político, durante la II República española, de que «se lo disputan revolucionarios y contrarrevolucionarios, laicos y clericales. Es natural. Toda la esencia de la Revolución está ahí, en el Ministerio de Instrucción Pública.»

Una encuesta realizada este año en España por el “día internacional de la infancia” reveló que el 16% de los chicos que tienen entre 2 y 8 años de edad quieren ser youtubers o influencers ¿qué reflexión le merece ese dato?

Pues es el reflejo en una encuesta de otro de los impulsos del aprendizaje: imitar. Y para lo que está muy capacitado nuestro cerebro. La imitación es clave para la transferencia de comportamientos, valores, habilidades… Hemos vivido los humanos prácticamente toda nuestra existencia en grupos pequeños en donde era de supervivencia transmitir con eficacia y rapidez a la nueva generación la memoria del grupo. Así que se daba un flujo de imitación que era más intenso cuanto mayor «diferencia de potencial» había entre uno y otro extremo. De manera que la admiración, la autoridad, la encarnación en un miembro del grupo de los valores de su cultura, hacían fluir esta imitación. Hoy estamos en sociedades planetarias, pero con esa capacidad de empatía, de especularidad, ante el otro humano que se admira, que se impone. Y con valores —basados en la cantidad— como el éxito, la competitividad, el reconocimiento, el dinero (el mundo está en venta), que el modelo de sociedad de consumo (el despilfarro frente a la abundancia) y de la atención (entretenimiento frente a conocimiento) y de la agitación (emociones frente a razones) se encarga de bombear sin cesar y por todos los medios. Por tanto, el gran reto que tenemos, sabiendo el efecto imparable de la imitación, es el de la ejemplaridad, tan descuidada en el espacio privado de la familia como en el público y en el de los grandes medios. Ante el espectáculo tan poco edificante se confía absurdamente en que la escuela lo compensará. El deporte, las redes sociales, el espectáculo son grandes atractores de la imitación; pero el problema no está en que lo sean, sino en que solo sean esos.

Usted ha explicado que el mundo actual se desarrolla en un entorno con alto grado de incertidumbre. ¿Cuáles son las claves para formar ciudadanos más conocedores de ese mundo y con más recursos para afrontar los riesgos que implica?

El tercer impulso para el aprendizaje es la interrogación. Interrogar el mundo para que de él brote… incertidumbre, que es de lo que se alimenta el cerebro, la que teje las neuronas. Así que es un impulso innato que se manifiesta en la niñez más temprana a través de no dejar de preguntar por todo a los adultos. ¡Una maravilla! Una maravilla de la evolución. Pues bien, este impulso tan potente se frena cuando llega la escolarización, porque entonces el sentido se invierte: el niño deja de preguntar y ya no dejarán de preguntarle; ya no tiene que preguntar sino que acertar, es decir, ya no tiene que procurar incertidumbres, sino certezas; ya no debe provocar con sus preguntas incertidumbres, sino conseguir con sus respuestas aciertos. ¿Y con este sistema podremos preparar generaciones que se enfrenten a la incertidumbre de este mundo en cambio acelerado?

En un artículo reciente publicado en el suplemento Retina del diario El País de Madrid, usted ha afirmado que “La tendencia actual que ya se está percibiendo es hacia la oralidad: dar lugar entre nosotros a aquello que está confinado y haciéndonos señas detrás del espejo de la pantalla”. ¿Podría extenderse sobre esta idea?

Quién iba a decir que fascinados por la pantalla fuéramos a cerrar los ojos para tan solo escuchar o levantar la mirada para reconocer lo que está próximo a nosotros; y que nuestras manos se extendieran hacia ese entorno y no quedaran prisioneras de un pequeño espejo negro. Pero este proceso está comenzando a producirse: los píxeles contenidos en una pantalla se vierten en ondas de aire. Cada vez más, mucha información, en una nube de ceros y unos que se condensaba en la superficie de cristal de una pantalla, se hace espacio sonoro. Y esa nube no la alcanzamos con nuestras manos, sino de palabra, invocándola. Es la oralidad digital. Una maduración tecnológica que ya hoy nos permite una relación hablada con la máquina. Pero fundamentalmente la oralidad digital es un cambio cultural en este mundo digital, de consecuencias imprevisibles, ahora tan solo apuntado, en el que hablar, escuchar y conversar serán una práctica extensa e intensa. El libro volverá a ser escuchado, como durante la mayor parte de su historia; la conversación será una práctica recuperada, aunque habrá que acoger en esa relación dialéctica al bot; la capacidad narrativa se tendrá que intensificar, pues contar las cosas de palabra y que genere imágenes en quienes escuchan exige un discurso distinto y para el que hemos perdido dominio; tendrá igualmente efectos en la educación, en la profundización del conocimiento de la lengua materna, en la atención en un mundo desatento y que hace que la información se disipe en exceso y el ruido nos envuelva. En resumen, hay que estar dispuestos a percibir y seguir esta evolución que ya muestra síntomas convincentes y que anuncia unos cambios culturales de los que estamos necesitados.

Desde el campo de la psicología, algunas voces sostienen que con Internet y las redes sociales estamos frente a una preminencia de la imagen y que esto pone en riesgo la supervivencia de la subjetividad (el sujeto de la palabra) ¿Le parece que es así y que existe ese riesgo?

Por eso he insistido en la anterior pregunta para que estemos muy atentos a esta posible emergencia de la oralidad, pues las condiciones tecnológicas están indicando ya esta tendencia y las necesidades culturales la están pidiendo. Sí, en mi opinión hay que corregir de algún modo este desequilibrio. La especie humana es audiovisual; el sentido de la vista y de la audición han sido capitales desde que comenzamos a dar los primeros pasos por la sabana, un entorno nada apropiado para nuestra fragilidad. Pero la visión nos presenta solo la mitad del mundo, la que tenemos delante, mientras que el sonido que oímos es el de un mundo envolvente, esférico. De ahí la importancia para la supervivencia de que el sonido provoque rápidamente una impresión emocional, para que la cabeza gire en busca de la fuente y la vista la confirme y fije. Prácticamente durante toda nuestra existencia la oralidad nos ha envuelto y nos ha hecho «ver» con ella el mundo. El mundo clásico, la imprenta y la revolución científica fueron dando preeminencia a la visibilidad, a aquello que se podía poner frente a nosotros, distanciamiento, en el fondo, que permitía la observación y la objetividad. La pantalla electrónica de hoy es la manifestación de un mundo que se visibiliza en ella y que se pone delante de nosotros como cualquier otro objeto a nuestro alcance.