Si un puñado de décadas atrás en Argentina le preguntábamos a un niño o niña que promediaba la la escuela primaria qué soñaba ser de grande –cuando no era “superhéroe” o “princesa”- su respuesta rondaba entorno a profesiones que otorgaban cierto reconocimiento social: bombero, policía, bailarina, astronauta, actor o actriz, deportista (preferentemente futbolista). La presencia de estas profesiones en los medios de comunicación le confería un status significativo pero, promediando la escuela secundaria, los estudios superiores se convertían en una opción más factible y surgen otras carreras como respuesta, generalmente las más tradicionales: médico, arquitecto, abogado, psicólogo, entre otras. Finalmente, muchos graduados siguen esas profesiones con mayor o menor éxito.

Sin embargo, en la actualidad, y luego de haber dialogado con varios adolescentes y preadolescentes en etapa escolar de niveles socioeconómicos medios y altos, llamó mi atención una alternativa que, según cuentan ellos, es altamente posible de lograr: ser influencer. Wikipedia define este concepto como “aquella persona que tiene un séquito de seguidores en redes sociales como Instagram o en plataformas como YouTube los cuales escuchan sus mensajes y sus recomendaciones y las difunden”.

Si “profesionalizamos” esta alternativa laboral, la idea que ronda detrás de ello es el hecho de tener una fuerte presencia –traducida en cantidad de seguidores- en las redes sociales (principalmente siendo instagramer, youtuber –streamer o gameplayer-) y poder generar beneficios y dinero a través de esa actividad. De esta manera, marcas de distinto tipo de productos y servicios se acercarían a los influencers para ser promocionadas en sus redes sociales, obteniendo innumerables cantidad de likes en cada publicación y su respectiva difusión, lo que derivaría en potenciales aumentos de sus ventas.

Si uno hace la ecuación, el beneficio resulta tentador (y más para un escolar). El costo hundido para comenzar el proyecto es relativamente bajo: crear un perfil público en una red social tiene un costo nulo; poseer un celular con cámara de fotos y video es una constante entre los sectores socioeconómicos con los que dialogamos; y poseer las competencias mínimas para editar imagen y video mediante alguna app gratuita que podamos descargar. Ahora bien, la parte no sencilla de esta idea implica dos cuestiones.

La primera es aquello que atraerá a nuestros fieles seguidores: el contenido. Se requiere inventiva y creatividad para generar ideas que atraigan a un público que se detenga a consumir y, principalmente, compartir nuestras producciones. Un contenido atractivo implica tiempo, planeación, conocimiento de temáticas diversas, estar actualizado permanentemente, entre infinidad de cuestiones más. Sin embargo, en el mercado de las redes sociales siempre hay un nicho que se puede ocupar, por lo que es altamente probable encontrar seguidores a los que les gusten nuestros productos. Incluso hay cuentas que ni siquiera precisan producir contenido nuevo y se dedican a compartir videos e imágenes (memes, por ejemplo) que no produjeron ellos pero que logran decenas de miles (cuando no más) de likes y otra tanta cantidad de comentarios en sus posteos (aquí es discutible el concepto de influencer). En lo que a contenido refiere podemos, encontrar una amplia gama de rubros: humor, moda, gastronomía, viajes, videojuegos, deportes, arte, vida cotidiana, música, entre tantos otros.

Pero hacerse conocido no es cuestión de solo desearlo, y aquí aparece nuestra segunda cuestión: la viralidad (o como llaman los adolescentes, “pegarla”). El contenido debe lograr una gran cantidad de visualizaciones por distintos usuarios en poco tiempo. Compartir es la clave. Sin embargo, la publicidad no se adquiere únicamente mediante las redes sociales sino también a partir de los medios de comunicación tradicionales, como la televisión. Noticieros de distintos horarios dedican parte de su transmisión a exhibir el contenido que se ha hecho viral en las redes y colaboran con su retroalimentación, lo que permite acceder a un nuevo público, principalmente aquel que no se encuentra en las redes. Incluso hay programas enteros que se producen a partir del contenido que circula en la web.

Debemos hacer una pequeña pero significativa salvedad respecto del modo en que un usuario se vuelve influencer o, mejor dicho, en qué tipo de influencer estamos pensando en esta nota. Se trata de una persona que surgió desde las redes sociales y desde allí produce su contenido y no al revés, aquel que proviene de otros ámbitos, generalmente la TV, y utiliza las redes para publicitar contenido de otros medios o incluso promocionar marcas que son sus auspiciantes habituales. El instagramer argentino con más seguidores es Lionel Messi (@leomessi), sin embargo, no es instagramer desde sus orígenes sino un futbolista cuya fuente de ingreso es el deporte y además tiene ingresos extra por realizar promociones en sus redes sociales. Lo que sí es habitual que puedan darse son situaciones de migraciones entre las redes y otros medios.

Esta publicación de Messi en Instagram logró más de 7 millones de likes y más de 40 mil comentarios de todo el mundo. (Imagen: @leomessi).

En Argentina y el mundo existen una enorme cantidad de casos de usuarios de redes sociales que surgieron desde allí, sin casting alguno, logrando la fama y trascendiendo la pantalla del celular. Grego Rossello (@gregorossello) comenzó haciendo humor en Instagram y hoy conduce ESPN Redes; Sofi Morandi (@sofimorandi) siguió el mismo camino y Julián Serrano (@julianserrano01) comenzó como youtuber y no paró hasta llegar a la pantalla grande. Juntos ganaron “Bailando por un sueño” en Showmatch –programa más visto de la televisión argentina- y actualmente conducen S.T.O. por América TV.

Otros son los casos cuyo contenido queda exclusivamente en las redes, como el de Agustina Marzari Bobbio (@imqueena_), quien comenzó a escribir como hobbie en un blog personal sobre moda y hoy es solicitada como embajadora por distintas marcas de moda internacionales pero su sede de trabajo sigue siendo Instagram.

Agustina Marzari Bobbio recorre el mundo invitada por distintas marcas de moda y es una de las trendsetter más consultadas del país. (Imagen: Instagram @imqueena_)

Esto son sólo algunos de los ejemplos que estimulan a que adolescentes y preadolescentes sueñen con la posibilidad de lograr el reconocimiento y la fama comenzando desde el living de su casa, sin embargo, no deja de ser una forma de trabajo que, particularmente en Argentina, aún no se encuentra regulada legalmente. Un servicio de promoción a través de una red social no deja de ser una publicidad, o “recomendación”, de una persona con cientos de miles de seguidores en su cuenta personal que aumenta notablemente las compras de la empresa promocionada, pero que resulta complejo de encuadrar en un contrato de trabajo bajo el nombre de influencer. Este aspecto amerita un análisis más profundo que los sueños de un adolescente.