Magister en Análisis del Discurso (UBA).
Licenciada en Ciencias de la Educación (UBA).
Profesora de Tecnologías educativas (FSOC-UBA).
Profesora de la Maestría en Educación, Lenguajes y Medios (UNSAM). Consultora del área de investigación (INFD-MECCyT).
Directora del proyecto UBACYT. Escenas educativas de interacción mediatizada desde una perspectiva multimodal (FSOC– UBA)

En el marco de la suspensión de clases en la mayoría de los países debido a la pandemia del Covid 19 (UNESCO), los debates en torno a qué es la escuela y cómo debe ser se han multiplicado exponencialmente.
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En el discurso escrito, “la escuela” constituye un sintagma nominal que encierra múltiples significados. A veces las referencias aluden a la escuela como institución, en otras aparece como sinónimo de sistema educativo y en particular, de la acción estatal; otras en cambio, refieren a “mi escuela”, a la que yo fui, a la que elegí para mis hijos o en la que trabajo actualmente, entre otras.
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En muchos casos, casi de forma irremediable en esta reflexión, del óntico se pasa al deóntico, es decir, la pregunta por el ser se transforma en una afirmación sobre el deber. Invito al lector o a la lectora a hacer el siguiente ejercicio: ingresen al buscador que más utilicen y comparen los resultados de las siguientes dos búsquedas “la escuela debe” y “la escuela es”.
Comparto mis resultados de la búsqueda en Google (23/05/2020): en el caso de “la escuela debe” la cifra ascendió a “Cerca de 578,000,000 resultados (0.59 segundos)”. En el segundo caso, en “la escuela es”, se verificaron “Cerca de 475,000,000 resultados (0.69 segundos)”. Aunque ambos revisten una cantidad importante de resultados, hay un imperativo en los discursos en línea acentuado el deber (ser, hacer, dar, sostener) por sobre la realidad escolar (lo que la escuela es).
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El interrogante sobre cómo serán las futuras aulas es una de las dimensiones del debate actual. El futuro es una nube plagada de incertidumbre, es un discurso que se construye desde el presente. En este sentido, para aproximarnos a una respuesta nos proponemos revisar las imágenes de las aulas que se encuentran en circulación en la actualidad.

Guerras, catástrofes, terremotos y otras metáforas

No es una guerra, es una catástrofe dice Lila Luchesi en referencia a las representaciones del presente contexto. Ahora bien, ¿qué tipo de catástrofe asoló a las escuelas? Un terremoto creo que es la metáfora que mejor lo define. Algunos edificios escolares quedaron totalmente destruidos, otros averiados, pero ninguno quedó intacto.
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Más allá de ser el edificio un componente muy importante de la institución escolar no constituye una condición sine qua non para ser escuela. Desde una perspectiva relacional y topológica, el espacio escolar no es un objeto dado, no es algo que esté ahí definido por las cuatro paredes (Decuypere & Simons,2016). Por el contrario, son las relaciones entre los actores y los objetos los que representan el espacio escolar. De este modo, la escuela se hace constantemente, es algo que deviene, que está en un permanente proceso de creación. En este sentido, Inés Dussel define a la escuela como un espacio - tiempo definido -con o sin paredes- que se propone un encuentro intergeneracional, una conversación sobre los saberes.
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Así, continuando con las metáforas, cual película norteamericana del género “cine catástrofe”, docentes y estudiantes corren buscando un refugio donde poder continuar con las clases. En ese caos, las empresas de tecnología ofrecen sus instalaciones para dar continuidad a la labor educativa. Solo requieren una condición: registrar absolutamente todo lo que acontece allí; desde la palabra del docente, las voces de los niños y las niñas, las características de las casas, las peleas y discusiones con otros integrantes de la familia, las mascotas... imágenes que queremos compartir y las que por omisión no pudimos reservar en la intimidad.
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Algunas escuelas se logran acomodar rápidamente y sienten que el trabajo en las empresas de tecnología no es lo ideal pero en su afán de continuar hacen denodados esfuerzos por adaptarse; en otras llegan los docentes pero muchos estudiantes quedan en el camino; un tercer conjunto está demasiado lejos y no logra acceder a esos servicios.
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El gráfico N 1 muestra el porcentaje de acceso a Internet de hogares de niños y jóvenes por nivel educativo (primario y secundario) y sector de gestión (estatal y privado). Estos datos constituyen una aproximación a las condiciones que posibilitan un acercamiento mediatizado. Sin embargo, desconocemos la calidad de esta conexión, las condiciones del trabajo pedagógico y los saberes institucionales en la materia.
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Fuente: Aprender 2016. Acceso y uso de TIC en estudiantes y docentes. Ministerio de Educación de la Nación

En el marco del aislamiento social preventivo y obligatorio, el encuentro pedagógico se materializa en diversas plataformas, sin embargo, la forma más habitual de denominarlas es “Zoom”. Así como la Gillette, los Siempre libre y en un momento de la historia de la telefonía celular, el Movicom, “Zoom” emerge como la marca genérica de todos los dispositivos. “Tengo un zoom en un rato”, “estoy cansada de tanto zoom” son algunas de las expresiones que se escuchan para dar cuenta de los intercambios sincrónicos.
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El Zoom constituye un espacio propicio para el encuentro. Encuentro que puede asumir distintas formas con mayor énfasis en la transmisión o el intercambio de acuerdo a los objetivos de la clase o a las posibilidades técnicas que brinda la conectividad y que permitan trascender el “¿se escucha?” o “se escucha entrecortado”.

¿Constituye el “Zoom” una nueva modalidad de organización del aula?
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Busco “aula” en las imágenes de Google y en las representaciones que ocupan la primera pantalla hay un motivo que se repite, las sillas en fila frente a un pizarrón: la mitad son fotografías, las otra mitad son gráficos diseñados en computadora. En tres de ellas aparecen niños y una docente, las otras muestran solo un espacio con objetos inanimados: mesas, sillas, láminas en las paredes, etc. Todo aquello que prototípicamente alude a la instrucción simultánea.
Miro la captura de pantalla de la última clase que dicté a través del Jitsi Meet. La imagen es igual a la del último cumpleaños asistido, a la de la última reunión de trabajo y otras más. Es una imagen genérica. La clase en Zoom no tiene una estética propia que la identifique. Lo mismo ocurre con el ser docente. A simple vista es imposible diferenciar quién es el docente y quiénes los estudiantes. La imagen del Zoom es plana. Todos nos miramos entre sí, pero en la imagen, en el plano, todos miramos para el frente.
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Sin embargo, lo que destaca el Zoom es aquello que la imagen no puede capturar: la voz. Al estar los cuerpos más ausentes y la mirada más difícil, la voz adquiere un lugar protagónico. Es más, el anfitrión de la reunión es quien puede enmudecer a los otros participantes y el participante puede llamarse a silencio.
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En este sentido, la clase en Zoom se configura como un nuevo diagrama que entra en diálogo con otros los esquemas disponibles. Quizá, en el futuro, las imágenes en línea del aula nos muestren un paisaje más heterogéneo que el actual. No lo sabemos.