Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona.
Profesor titular de Tecnologías Educativas (FSOC / UBA).
Integrante de RIAT.

El jueves 12 de marzo de 2020 fueron las últimas dos clases presenciales que di antes que el domingo 15 el gobierno argentino decretara la suspensión de las clases en todos los niveles educativos, como medida preventiva ante el avance de la pandemia del COVID-19. Aquel día las estudiantes estuvieron inquietas, la posibilidad de que se estableciera una cuarentena se percibía cercana. La suspensión de las clases en todos los niveles de enseñanza fue el primer paso . Pocos días después, el presidente de la Nación, decretó la cuarentena, que más de dos meses después aún continua .
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El lunes 16 a primera hora de la mañana, menos de 24 horas después del anuncio presidencial, la universidad privada en las que trabajo me notificó que las clases seguirían “normalmente” de forma no presencial a través de una plataforma en línea provista por la institución, la cual ni docentes ni estudiantes habíamos utilizado previamente. Sin planificación ni formación previa, sin preparación de los contenidos, en definitiva improvisando. Situación que de un modo u otro se extendía a miles escuelas y a universidades de todo el país.
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Dando por sobrentendido que toda la comunidad educativa dispone de un dispositivo digital con pantalla, micrófono y conexión a Internet y tiene competencias más o menos avanzadas para su uso, por obra y gracia de la pandemia, las aulas del país se trasladaron a la Pantalla, más ubicua que nunca .
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Lxs docentes, de acuerdo a este presupuesto, tenían integrado en sus saberes el uso operativo y pedagógico de los medios digitales, y que las clases sean o no presenciales es (casi) indistinto. Lo sabemos todos y todas….
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Tantos años pensando, proponiendo, ensayando, equivocándonos acerca de la incorporación de las TIC en las prácticas educativas y resulta que la respuesta era sencilla. Bastaba con imponer compulsivamente a docentes y estudiantes el uso de pantallas y redes El resto se resolverá en la práctica ¿Es así?
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Después de 25 años de utilizar en mis clases distintas aplicaciones de Internet, de escribir umerosos artículos sobre el uso e integración de los medios digitales en la educación y de haber sido docente en varios cursos on line, me encontré de pronto con la necesidad de trasladar a la Pantalla, de un día para otro, una clase pensada para un aula presencial.
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El tiempo apremiaba. Esa misma tarde publiqué en el blog de la materia una presentación de diapositivas con los contenidos de la clase (algo que siempre me negué a hacer). El martes a la mañana, a la hora programada me conecté a la plataforma de la universidad. A los pocos minutos algo más de 50 estudiantes sobre un total de 64, estaban conectadas aunque invisibles para mí. Nadie había activado la opción de video y salvo unos pocos que se identificaron con una foto (no siempre propia), la gran mayoría aparecía en la pantalla representado por una placa rectangular negra con un círculo central con dos letras (pasaron más de dos meses hasta que algunas estudiantes comenzaron a activar las cámaras). Aunque me sentía incómodo sin el feed back de los estudiantes (apenas las voces, casi anónimas, de unas pocas), pasadas las primeras clases la experiencia aparentemente estaba resultando positiva. Los encuentros semanales los complementaba con actividades optativas y sin calificación que tuvieron un alto porcentaje de participación. Sin embargo, al poco tiempo me sentí obligado a interrumpir estas actividades a causa de un llamado de atención de autoridades de la universidad que habían recibido quejas al respecto de algunos estudiantes.
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Convencido que este incidente era producto del malestar de unos pocos y considerando la excepcionalidad de la situación que estamos viviendo, continué buscando modos no convencionales de aumentar el interés y el compromiso con la materia. Una encuesta que hice entre los estudiantes reveló que más del 75% estaba conforme o muy conforme con el desarrollo del curso, así como con la modalidad de evaluación propuesta (parcial domiciliario a entregar en una semana en el formato y soporte elegido por cada estudiante). Todo parecía ir bien. Pocos días después comprendí que no era necesariamente así. El resultado de las evaluaciones, plagadas de errores importantes, fácilmente subsanables consultando cualquier fuente documental, hicieron tambalear mi optimismo. Tenía que intentar algo distinto.
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Asumí que quizás fuera necesario llevarlos a territorio conocido y por sugerencia de una docente colega, propuse una actividad obligatoria (sin nota) a hacer en grupo. Al mismo tiempo, ofrecí la posibilidad de que los estudiantes eligieran los temas a tratar en clase en las semanas restantes del curso. La respuesta a ambas iniciativas fue dispar. Por un lado, el compromiso con la actividad obligatoria fue alto mientras que menos de la mitad de los estudiantes mostró interés en la segunda propuesta.
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Esta experiencia, si bien puntual y en desarrollo, nos ofrece algunas pistas acerca de las dificultades no siempre atendidas de la enseñanza universitaria no presencial durante la pandemia y, por extensión, sobre cierta sobrevaloración, a mi juicio, de las posibilidades que se atribuye a determinadas prácticas educativas en red.
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Lo primero que cabe decir, sin entrar en un mayor análisis, que pretender que es posible trasladar sin mayores cambios los contenidos (y la metodología) de una clase presencial a la Pantalla y que funcione de forma similar, es una ilusión, por no decir una farsa. Esta pretensión no se puede jus-tificar o apoyar en el buen funcionamiento, desde hace décadas, de miles de cursos no presencia-les (por correo, por radio y TV y, en los últimos 25-30 años, a través de Internet). Menos aún, con-siderando el contexto extremo e inusual que planteó la actual pandemia.
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La falta de planificación previa en que se produjo este obligado traslado de las aulas a la Pantalla, así como la insuficiente o nula preparación previa de los docentes y la disponibilidad de los estudiantes son condicionantes que no se pueden ignorar. A esto se debe añadir las distintas condiciones de acceso, o inclusive la falta de acceso, de unos y otros a los indispensables recursos tecnológicos necesarios para el seguimiento de las clases en línea. Además, es también necesario tener en cuenta las distintas formas en que la situación personal (económica, familiar, habitacional, laboral, etc) y el estado emocional (angustia, miedo, incertidumbre, ansiedad, etc) pueden afectar el compromiso, el interés y el rendimiento de cada individuo en las actividades académicas propuestas. Factores que ningún análisis debería desconocer ni minusvalorar.
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Sin embargo, tampoco podemos dejar de considerar, en el marco inusual generado por la pandemia, la función positiva que está teniendo para muchos docentes y estudiantes el paso compulsivo de las clases a modalidades no presenciales. La decisión de continuar las clases en la Pantalla u otra modalidad remota, dio lugar a una simulación generalizada que impone a estudiantes y docentes una rutina diaria en el empleo del tiempo. Este ordenamiento de las actividades cotidianas permite diluir un poco la densidad a veces asfixiante que puede adquiere el paso cansino y tantas veces asfixiante del tiempo en condiciones de confinamiento.
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En definitiva, quizás los resultados académicos de la enseñanza y aprendizaje en la Pantalla durante la pandemia no lleguen a ser óptimos, pero es probable que las clases no presenciales en las actuales circunstancias, estén sirviendo para sostener y aliviar el transcurrir diario de millones de jóvenes y adultos confinados obligatoriamente ante una amenaza inasible pero real, que a diferencia de guerras o catástrofes naturales, no destruye pueblos y ciudades.
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Tendremos la oportunidad, una vez pasada esta situación extrema, para reflexionar sin precipitaciones acerca de lo hecho y lo dicho acerca de esta temporada de educación en la Pantalla y sobre sus consecuencias.
Diego Levis, mayo de 2020