Dra. en Ciencias de la Comunicación.
Socióloga.
Directora de Technos Magazine Digital.
Integrante de RIAT.
Investigadora de la UNGS. Argentina

Hace meses que vivimos una situación extraordinaria. La tentación de comentar los parentescos con varios relatos de ficción es grande. Pero miles de personas mueren en todo el planeta. Y no hay nada menos ficticio que la muerte.
¿Es real este mundo cotidiano que nos hemos creado? ¿Es verdadera esta colección de rutinas que sostiene nuestro encierro?
Varias disquisiciones sobre lo real y lo virtual y sobre la supuesta construcción de “nuevas normalidades” se irán pergeñando con el correr de los días.
Personalmente, extraño estar en el Museo Nacional de Bellas Artes. Es mi lugar favorito en la ciudad. Porque resisto a la proclamación de la muerte de la pintura. Pero también porque me encanta estar ahí: sentir los olores sutiles que despiden las mezclas de óleos añosos y maderas de los marcos; percibir la sensación peculiar de esos espacios en recorridos familiares que deparan descubrimientos; competir con otras personas por las posiciones y puntos de vista.



Movida por la melancolía y la necesidad, entré en la página web del museo, para explorar la colección digital que tiene más de 2500 obras. Lo primero que sentí al intentar realizar el recorrido, es la falta de sensaciones. Y la añoranza se incrementó. Lo primero que pensé es que hace falta contratar otra curación/programación de este itinerario, porque no responde a un criterio espacial digital vívido.
Hace un tiempo que analizo el espacio digital como espacio vivido (1) y exploro algunas modalidades de integración de tecnologías en las relaciones interpersonales. Trato de comprender cómo el cuerpo, las sensaciones, la experiencia, se acomodan y se expanden de alguna manera pivoteando entre el espacio territorial y el espacio digital.
Sin dudas la situación de pandemia y la “cuarentena” en la que estamos embarcados trastoca, entre otros aspectos, la experiencia y el comportamiento de la contigüidad y complementación entre esos dos tipos de espacios.
Por un lado, parece haber una nostalgia del contacto. La falta de contacto con familiares aparece entre las principales preocupaciones de personas de diferentes edades y distintas posiciones socioeconómicas (2). Otro tanto sucede respecto de las amistades: se extraña a amigos y amigas, la posibilidad de compartir reuniones planificadas o encuentros casuales, el placer de acompañar la charla con una copa. Jóvenes (y no tanto) y adolescentes mantienen distancias obligadas con las personas que quisieran tocar. Se impone la añoranza del cuerpo presente.
Pero hay también una nostalgia del espacio, tal vez manifiesta sobre todo en sectores medios urbanos. Las personas extrañan la libertad de movimiento y la posibilidad de desplazarse sin límites: “tomar un colectivo e ir a donde quiera”, “caminar por toda la ciudad”, “salir a pasear”, “viajar”. Entre quienes están acostumbrados a atravesar espacios existe el anhelo de recuperar la facultad de poner el cuerpo en marcha y trazar recorridos.
La pandemia global irrumpió en nuestras vidas produciendo inmediatos cambios significativos, algunos con consecuencias que van más allá de la coyuntura: muchas familias quedaron sin estabilidad laboral o ingresos asegurados; estudiantes de todos los niveles corren el riesgo de perder la acreditación del año lectivo. El aislamiento social preventivo y obligatorio revela su eficacia para controlar el ritmo de proliferación del virus, pero produce repercusiones en la cotidianeidad cuyo alcance no podemos estimar todavía con precisión: se modifican algunos de nuestros hábitos (hay estudios que indican que en los últimos meses aumentó el consumo de sustancias psicoactivas; hay personas que declaran que dedican más tiempo a la cocina y a comer más); se alteran nuestras rutinas; se postergan controles de la salud; se interrumpen nuestros recorridos. Una de las novedades que se producen en este contexto (y sobre la cual tenemos distintos análisis en los artículos y entrevistas de este número de Technos Magazine Digital ) es la integración repentina y acelerada de las tecnologías digitales interactivas en las variadas dimensiones de la vida y áreas de actividad. El acceso a internet a través de distintos dispositivos, los usos renovados de redes sociales digitales y servicios de mensajería instantánea, el descubrimiento (¿imposición?) de distintas plataformas para videoconferencias y reuniones virtuales.
Familias que tienen precarias conexiones a internet (o que no tienen) y cuyos usos de tecnologías se restringen a las funciones más recreativas y comunicacionales del teléfono celular, tienen que ayudar a hijos e hijas a recepcionar, resolver y presentar tareas escolares a través de vías digitales. Quienes tenemos la “suerte” de mantener nuestros empleos, debemos reemplazar itinerarios laborales por jornadas hogareñas autoorganizadas, disputando espacios y silencios con cohabitantes, afrontando los costos económicos, resistiendo la invasión de los tiempos de no trabajo. Profesoras y profesores de distintos niveles, formateados en modelos tradicionales expositivos fuertemente arraigados (sobre todo a nivel universitario), de pronto descubren que una clase en línea no es “la misma clase, pero en internet” y tratan de no convertirse en telemarketers de la academia (la expresión se la robo a un amigo). Y todo esto, pagando las cuentas de luz e internet y rogando que no se rompan la computadora, la tablet o el celular.
En este contexto ¿de qué contigüidad y complementación podemos hablar?
No cabe duda de que las teleconferencias, videollamadas y encuentros virtuales fueron traspasando paredes. Clases, reuniones de trabajo, sesiones de órganos colectivos de gestión institucional y política, sesiones de psicoterapia, consultas médicas y hasta encuentros familiares y celebraciones de cumpleaños se realizan en entornos virtuales todos los días y en distintos horarios. Miles de interacciones y teleacciones que hacen de internet, las redes, las plataformas, un innegable “espacio de la acción”.
En el marco del encierro, las pantallas parecen más planas que nunca. Frente al distanciamiento impuesto de los cuerpos, el otro en la pantalla está más lejos aún, es más frío y la tridimensión lo torna más irreal.
La costura, la contigüidad y complementación entre el espacio territorial y el espacio digital amplían nuestro campo de acción apoyándose en la experiencia, la percepción y la imaginación desenvuelta en flujos. Sigo pensando, que el espacio digital -en el que “estamos” donde no está nuestro cuerpo- se configura inevitablemente a partir de cómo lo imaginamos. La pandemia nos ha impuesto pasar más tiempo y hacer más actividades en él, pero esa condición casi coercitiva tiene sus costos. La percepción de obligatoriedad conspira contra la experiencia placentera y obtura la posibilidad de imaginar al espacio digital como un ambiente en el que podemos desplegarnos (y tomar conciencia de que, de hecho, lo hacemos cada vez más).

Notas: (1) Publiqué algunos artículos sobre el tema y un libro que se llama 20 minutos en el futuro, editado por Prometeo. (2) Al respecto, puede consultarse la Encuesta de opinión SIMMO 2020. UMI-UNGS