Doctor en Ciencias Sociales (UNGS-IDES).
Investigador docente del Instituto de Industria de la Universidad Nacional de General Sarmiento e Investigador Independiente del Conicet.
Es Coordinador académico de la Maestría en Estudios Organizacionales.

Todo sistema de producción encierra apelaciones al bien común. Así como las utopías marxistas auguraban un mundo de iguales a través de la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, las diferentes versiones del capitalismo estuvieron siempre vinculadas a pronósticos de futuros promisorios. Las mutaciones que sufrió el modo de producción capitalista se debió en gran parte a su incapacidad de concretar sus sueños utópicos. Fieles ejemplos de esto fueron el New Deal en los EEUU y el Estado de Bienestar en la Europa de posguerra. Movilizaciones masivas, problemas de productividad, niveles intolerables de ausentismo, fijaron las pautas de las concesiones que el capital se vio obligado a hacer para sostenerse en el tiempo.
¿Cuál es el cimiento sobre el cual se edificaron las diferentes variantes utópicas del capitalismo? La idea de un destino personal que puede ser forjado de manera individual constituyó el motor que traccionaron todas las ideologías basadas en las responsabilización individual de las decisiones que todo/a trabajador/a tome a partir de su inserción en el mercado laboral. Es de esta manera que el capitalismo industrial moderno pudo consolidarse. La incorporación de grandes masas de trabajadores/as a la economía de mercado supuso la idea que cualquiera tenía la capacidad de devenir un prominente empresario. El sistema norteamericano de producción logró la amplia difusión de la idea de una sociedad dividida entre aquellos/as que elijen ser operarios/as y los/las que pretenden forjarse un sendero triunfal en la jungla de los negocios. La meritocracia subyacente en el american way of life había llegado para consolidarse en todos los estratos sociales. El fin de la guerra mundial impuso un nuevo sistema económico mundial, donde el espíritu capitalista norteamericano logró imponerse gracias al ambicioso plan Marshall, que ofrecía beneficios económicos para aquellos países que tenían “el coraje” de constituirse en economías abiertas [a las inversiones de las firmas norteamericanas]. Argentina no estuvo exenta de estos flujos globales de los intereses de las potencias. El mito del progreso por la vía individual había calado hondo en grandes sectores de la sociedad local. El derrocamiento del peronismo generó un influjo importante para el ideario individualista del progreso en sectores que habían logrado su ascenso social producto de un fuerte intervencionismo estatal.
Larga fue la historia del desarrollo capitalista que se desplegó desde la década del 50 hasta nuestros días. Muchas fueron las crisis que este sistema tuvo que atravesar y a pesar de haber hecho concesiones, logró sortear de forma airosa varios escenarios que amenazaron su supervivencia. En este sentido, la pandemia se erige como uno de los hitos históricos que nos convocan a replantear sus postulados. Durante los últimos años, varios países del mundo entero han presenciado un reflujo de gobiernos neoliberales que habían mostrado un cierto repliegue a principios de los años 2000, especialmente en nuestra región. Con el apoyo de sectores populares, principales víctimas del sistema, diversos gobiernos con programas de tipo neoliberal, lograron ascender al poder por medio de las urnas. El éxito a escala global en la difusión de la ideología meritocrática parecía un hecho consumado. Hasta que un cataclismo sanitario obliga a gobiernos de todos los signos políticos a promover políticas distributivas con el fin de evitar el colapso de sus economías. Una vez más la meritocracia demuestra que es un mero acto de fe que ayuda a legitimar un sistema tan desigual como intolerable.
El escenario actual de la pandemia a nivel regional muestra los claroscuros de una ola neoliberal que parecía imparable, pero parecía que la promesa de libertad y autonomía, con el auge del teletrabajo, estaba a punto de ser concretada. Innumerables empresas se reconvirtieron de forma automática hacia el teletrabajo o home office con el fin de adaptarse a este nuevo escenario signado por la incertidumbre. Sin embargo, la pandemia logró visibilizar asimetrías sociales que parecían invisibilizadas en un sistema que premiaba el emprendedorismo y las habilidades empresariales. Una miríada de trabajadores a distancia (o “teletrabajadores/as” precarios/as) como pequeños artesanos/as que ofrecen sus productos online, mujeres que cocinan en sus casas para vender sus productos a los/las vecinos/as del barrio, pequeños talleres instalados en precarias viviendas que intentan distribuir sus producciones como pueden (que contrastan con el mito del garage que muchos destacan al relatar derroteros de empresarios exitosos) sufren las consecuencias de un mundo que ha revelado que la meritocracia es un simple artilugio de sectores dominantes que pretenden cristalizar sus posiciones de privilegio. Comúnmente, cuando se habla de teletrabajo, imaginamos trabajadores/as que se ocupan de servicios basados en el conocimiento y que ocupan los estratos medios y altos del mercado de trabajo.


La pandemia logró visibilizar asimetrías sociales que parecían invisibilizadas en un sistema que premiaba el emprendedorismo y las habilidades empresariales.

¿Cuál es la forma que adoptan el trabajo a distancia o home office las firmas de vanguardia en nuestro país?
El home office se erige como efecto natural de una situación inesperada que se acopla al imperativo de desarrollar una carrera signada por la incertidumbre y su consecuente necesidad de adaptación permanente al cambio. Las consecuencias personales y familiares que genera el confinamiento no forman parte del repertorio de las preocupaciones centrales en el ámbito empresarial. Los importante es sostener una carrera que el escenario de la pandemia se erige como un desafío que permite descubrir a aquellos/as que posean los talentos necesarios para sortear situaciones difíciles. Las posibilidades que ofrecen las redes sociales corporativas, en las que a través del Big data y los People Analytics se procesan las intervenciones e interacciones sociales de los/las empleados/as, con la finalidad de construir verdaderas comunidades en torno a la cultura de la firma –y a sancionar a aquellos/as que escapan los postulados y valores que ella propone-, permiten establecer formas de jerarquización social inéditas. Verdaderas escalas jerárquicas de emociones, en las que algunas serán más valoradas que otras, las firmas podrán descubrir a aquellos/as que demuestran ser potenciales dirigentes empresariales. La angustia que lleva a preocuparse por cuestiones cotidianas como la salud, el cuidado de seres queridos o el mantenimiento del hogar, quedan subordinadas a la necesidad de sostener niveles de productividad y de implicación subjetiva en el trabajo a distancia.


La angustia que lleva a preocuparse por cuestiones cotidianas como la salud, el cuidado de seres queridos o el mantenimiento del hogar, quedan subordinadas a la necesidad de sostener niveles de productividad y de implicación subjetiva en el trabajo a distancia.

Una especial mención merecen las firmas del modelo GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), que se han caracterizado por el despliegue de técnicas y dispositivos de gestión de recursos humanos que logren estrechar la relación entre productividad y emociones. Diferentes aplicaciones basadas en el análisis de interacciones sociales con el uso de algoritmos, procuran construir una verdadera cultura basada en datos “científicos”, donde las pautas de inclusión -y exclusión- están permanentemente monitoreadas por medio de la analítica relacional. En este esquema, sería interesante indagar de qué manera se implementan las políticas de gestión del personal en el marco de la cuarentena, cuando las empresas basadas en el conocimiento permiten sortear las dificultades del confinamiento obligatorio a través del home office. Incluso el monitoreo constante de las interacciones sociales en el espacio de trabajo –a la sazón devenido el propio hogar- puede ser sostenido por medio de la analítica relacional.
¿Será que la utopía según la cual cada uno/a desde su hogar puede devenir dueño/a de su propia carrera parecer estar concretándose en este tipo de firmas? Pero el sueño de teletrabajar manejando los horarios y modulando la intensidad del trabajo pertenece al círculo de sectores privilegiados. Por otro lado, las nuevas formas de disciplinamiento y control que emergen con los nuevos dispositivos tecnológicos nos advierten sobre la eventualidad de transformar estas promesas en verdaderos horizontes distópicos. Recordemos que las concesiones que el capital debió hacer a lo largo de la historia tuvieron como correlato reivindicaciones de carácter colectivo por parte de sindicatos y movimientos sociales. En este sentido, la pandemia puede erigirse también como una oportunidad de replantearnos formas novedosas y originales de trabajo que supongan mayores grados de autonomía y libertad, pero sólo una correlación de fuerzas acorde a las necesidades del momento logrará evitar que el home office devenga una forma más sutil y sofisticada de control de la fuerza de trabajo (y también, de nuestra propias vidas).